Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

AUGURACULUM. ARCO Madrid

OTRAS NATURALEZAS. INTERVENCIONES ARTÍSTICAS EN LOS ESCAPARATES DE EL CORTE INGLÉS DE PRECIADOS. ARCO 2012

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textoAUGURACULUM
MIGUEL ÁNGEL BLANCO

Aunque la palabra “diorama” surge en 1822 para referirse a la pintura panorámica sobre las paredes de un espacio cilíndrico que los espectadores podían contemplar situándose en una base giratoria, la traslación del término a los museos de historia natural, donde designa un tipo de escenificación más compleja, es algo más tardía. El primer diorama fue creado en 1893 por Gustaf Kolthoff, naturalista, cazador y taxidermista, en el Museo de Biología de Estocolmo, que aún sobrevive. Es, como los dioramas de Daguerre, una habitación circular en la que se representan, separados por árboles o rocas, los habitats suecos más característicos. Ante cada paisaje pintado, se distribuyeron los correspondiente animales disecados. Posteriormente, en 1902, el conservacionista Olof Gylling perfeccionó el sistema con pinturas más detalladas, vegetación artificial (la de Kolthoff era natural) y un menor número de animales.

Casi al mismo tiempo se creaban los primeros dioramas del Museo de Historia Natural de Nueva York, que siguen siendo una referencia en este ámbito. Cuando se concibió la nueva sala de pájaros norteamericanos, el conservador de Ornitología del museo, Frank Chapman, construyó un acantilado en el que situó unas 70 aves marinas, aún sin pinturas. El primer diorama que sí las incluyó fue inaugurado, como los de Gylling, en 1902; enseguida se percibió la conveniencia de los fondos curvos, que permitía la visión lateral sin perder realismo.

También en 1902 se terminó Cuatro estaciones, una serie de dioramas sobre el ciervo de cola blanca realizados por Carl Akeley con la colaboración de pintor de panoramas Abel Corwin utilizando métodos novedosos de taxidermia y un proceso por él patentado para hacer hojas artificiales. El grupo fue adquirido por el Field Museum de Chicago, que tomó la delantera a Nueva York en la exhibición de panoramas de mamíferos. A partir de entonces los museos rivalizaron en la excelencia de sus dioramas, y enviaban en sus expediciones científicas a los taxidermistas y a los pintores que, a partir de sus bocetos en el terreno, representarían los paisajes reales. El momento álgido se sitúa en 1936, cuando se abrió la Sala Akeley de mamíferos africanos en el Museo de Historia Natural de Nueva York.

En España no existen conjuntos comparables de dioramas, pero el Museo Nacional de Ciencias Naturales conserva una extraordinaria colección de naturalizaciones de los hermanos Benedito, realizadas a partir de 1911. Luis, especializado en mamíferos, y José María, experto en aves, no hicieron dioramas pero sí vitrinas, en ocasiones de grandes dimensiones, en las que situaban a los animales en actitudes verosímiles y acompañados de abreviadas imitaciones de su entorno.

El escaparate se asimila, como dispositivo para la contemplación de una “teatralización”, cerrado por un cristal, a la vitrina y al diorama. El cristal también sella, protege y da a ver las cajas de los libros de mi Biblioteca del Bosque.. En esas cajas se reconstruyen igualmente medios naturales, ecosistemas modificados por la mirada artística. Dar el salto del libro al diorama ha sido algo perfectamente lógico para mí; no supone más que un cambio de escala. Por otra parte, me interesa mucho la visibilidad que tendrá esta intervención, convertida en un teatro de la naturaleza con un número elevadísimo de espectadores a los que se dirige esta pregunta: ¿qué haces tú por el planeta? Los humanos somos también un proyecto de la naturaleza. Debemos mostrar una inteligencia ecológico-creativa y ser más respetuosos con el medio ambiente, escucharlo y actuar en favor de su permanencia.

La naturaleza ha hablado siempre al hombre y, desde la infancia de la humanidad, los chamanes y los adivinos han interpretado sus mensajes. La “lectura” de los elementos o los fenómenos naturales se ha basado a lo largo de los siglos, de los milenios, en diversos “lenguajes”. En ese fluir temporal me he detenido en la antigua Roma, en la que la adivinación, guiada por la naturaleza, adquirió un enorme peso en los destinos de los individuos y de las comunidades. El auguraculum era una construcción, un tipo de templo de planta cuadrada con sus lados orientados a los puntos cardinales, desde el que los augures pronunciaban sus dictados. El augurium es el indicio, el presagio de los acontecimientos futuros. De él deriva la palabra “inaugurar”. Cualquier ceremonia de inauguración exigía la presencia inexclusable de los augures. Este nuevo Auguraculum es un lugar para la interpretación del devenir del planeta y en él intervienen tres “mancias” o artes de la adivinación. La primera es la ornitomancia, adivinación por medio del canto y del vuelo de los pájaros, practicada por los auspices. La segunda es la osteomancia o espatulomancia, adivinación por los huesos de los animales, que adopta diferentes prácticas en diversas culturas; en África se da un tipo de oráculo llamado el “texto de los huesos”, consistente en echarlos sobre el suelo e interpretar su disposición; en la antigua China se utilizaban también huesos oraculares, en los que se insertaba fuego para crear un craquelado que daba señales a los adivinos; se conservan más de 200.000 huesos grabados, soporte de la más completa colección de escritura china arcaica -preguntas y respuestas-, con una antigüedad de más de 3.000 años. La tercera es la aeromancia, adivinación basada en la dirección de los vientos (anemoscopia) y la forma de las nubes.

Las aves incluidas en Auguraculum son animales iluminatorios: un buitre leonado capturado en 1911 en Riofrío (Segovia), un búho real , una corneja negra y una alondra albina, todos procedentes, como los huesos de lobo, y bisonte, las costillas de jirafa la vértebras de ballen, el cuerno de rinoceronte, la cornamenta de wapiti, los desmoches de ciervo y las astas de bóvidos sobre los que se apoyan, del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que ha colaborado generosamente en este proyecto poniendo a mi disposición sus impresionantes colecciones.

El buitre tenía un lugar privilegiado entre las aves augurales, en la categoría de las alites o voladoras. La razón es mítica: cuando Rómulo y Remo discutían si Roma debería fundarse sobre el Aventino o sobre el Palatino, la solución vino del cielo: desde esas respectivas colinas, Remo vio seis buitres, mientras que Rómulo vio doce. El gran auguraculum romano no estuvo, sin embargo, en ninguna de las dos, sino en el Capitolino, sobre el Arx. La simbología del buitre es múltiple y aparece en diferentes culturas. En Grecia estaba consagrado a Apolo; en el mismo sentido, los mayas lo relacionaron con la fuerza purificadora y vivificadora del fuego y del sol. Es símbolo de la superación de la muerte por su capacidad de convertir en fuerza vital la carroña que le sirve de alimento, y en diversos lugares de África es considerado como ser que conoce el secreto de la verdadera transformación de la materia inerte en oro. En Egipto, como diosa Nejbet, era protector de los faraones, y las reinas egipcias llevaban a menudo un tocado formado por un buitre, cuyas alas protegen los lados de la cabeza; como jeroglífico, representaba la idea de madre. En el cristianismo se asocia a la Virgen, como resultado de la creencia en que sus huevos eran fecundados no por los buitres macho sino por el viento del Este. Así, cobra sentido la inclusión de su figura, tal y como la vio Freud, en el cuadro La Virgen con Santa Ana y el Niño de Leonardo da Vinci, basándose en una anotación del maestro: “Escribir de un modo tan claro sobre el buitre parece ser mi destino, porque entre mis primeros recuerdos infantiles creo recordar que, mientras estaba acostado en la cuna, un buitre se me acercó, me abrió la boca con su cola y me golpeó muchas veces (con su cola) dentro de mis labios”.

El búho es un símbolo casi universal de sabiduría, y mensajero de premoniciones. Mientras que el buitre se asocia al sol y, por tanto, al día, el búho pertenece al ámbito de la luna y de la noche, a lo femenino. Sus primeras representaciones se remontan al Paleolítico, con los tres búhos nivales de la cueva de Trois Frères; en el Neolítico son frecuentes las figuras de barro con su forma, y era costumbre en algunos lugares quemar huesos de búho en las cremaciones. Es compañero de Atenea y, si el buitre está vinculado a la fundación de Roma, el búho representaba a la ciudad de Atenas. También se le atribuían, como a aquél habilidades proféticas pero no ya como alites sino como oscines, cuyos cantos interpretaban los auspices. Con similar adimiración hacia sus poderes, los adivinos Luba guardaban cabezas disecadas de búhos en sus cestos para incrementar su percepción y su habilidad para penetrar en la oscuridad.

La corneja negra, y en general los córvidos, tienen un especial significado para mi obra. El vuelo de tres cuervos me dirigió a un cerro en el bosque sobre el que se posaron y en el que encontré unos bastidores de madera con los que realicé las primeras cajas para libros de la Biblioteca del Bosque. La voz de la corneja podía ser interpretada por los augures, pero sus propiedades mánticas más notorias y persistentes fueron las relacionadas con su vuelo. Aún en el siglo XII el Cid Campeador veía en su presencia, a izquierda o derecha del camino, un augurio seguro de suerte o desgracia. Esta corneja es, por otra parte, una pieza destacada en la colección del Museo Nacional de Ciencias Naturales, pues su naturalización es obra del mencionado José María Benedito.

La cuarta de las aves, la alondra albina (Emberiza calandra, naturalizada en 1937), anuncia la llegada del nuevo día. En la mitología del Próximo Oriente, la alondra fue la primera criatura que vivió sobre la tierra. Por construir sus nidos sobre el suelo, se considera como intermediara entre el cielo y la tierra, y su canto expresa felicidad. Las aves albinas son muy raras; padecen una enfermedad llamada leucismo, que impide la coloración total o parcial de las plumas. Como otros animales albinos asumen los valores de pureza y prodigio que atribuimos al blanco en la naturaleza. Esta alondra blanca expresa un alba para el mundo: un nuevo inicio para la naturaleza.

Los dioramas tienen un fondo pintado, que en ocasiones se ilumina desde detrás. Los medios tecnológicos de los que hoy disponemos invitan, en un diorama concebido como proyecto artístico, a sustituir la representación pictórica por la proyección de imágenes en movimiento. He optado por mostrar imágenes de nubes por tres razones fundamentales: la primera es mi fascinación por ellas como formas plásticas; la segunda es su relación con las antiguas artes adivinatorias; la tercera, su importancia en los procesos atmosféricos desencadenados por el cambio climático. Con la colaboración de Paco Mesa y Lola Marazuela, amigos artistas que han visto muchos cielos, filmé durante el otoño diferentes formaciones nubosas sobre La Pedriza, en Manzanares el Real.

El contraste entre la velocidad de las formaciones nubosas y el estatismo de los animales disecados crea una brecha entre un tiempo acelerado y un tiempo detenido que la percepción humana debe cerrar. En la instalación, la presencia de la cabeza frenopática francesa del siglo XIX -también prestada por el Museo Nacional de Ciencias Naturales- recuerda cómo desde ese momento de esplendor en el conocimiento científico y el desarrollo tecnológico ha derivado un peligro mortal para la naturaleza. La mente humana es capaz de hundir el planeta o salvarlo. O tal vez la naturaleza se libere del ser humano y se regenere a sí misma.

Los simbolismos asociados a todos los elementos que forman parte de este diorama no agotan su significado. También en cada uno de los 1.101 libros que componen hasta ahora mi Biblioteca del Bosque las imágenes y los materiales se disponen para que quien los abre tenga una visión personalizada y los “lea” de acuerdo con su sensibilidad. Querría que Auguraculum funcionase como un instrumento para favorecer las interpretaciones individuales. Y como una contribución para volver a hechizar el mundo.

english textAUGURACULUM
MIGUEL ÁNGEL BLANCO


Although the word “diorama” originally referred to panoramic paintings on the walls of a cylindrical space, that spectators could contemplate situated on a revolving platform, the concept’s transference to the Natural History Museums, where it designates a more complex staging, happens later. The first diorama was created in 1893 by Gustav Kolthoff, naturalist, hunter and taxidermist, in Stockholm’s Biology Museum, and it still survives. It is, as Daguerre’s dioramas, a circular space where the most characteristic Sweden habitats are represented, separated by trees or rocks. The corresponding stuffed animals are distributed in front of each painted landscape. Later, in 1902, the conservationist Olof Gylling improved the system with more detailed paintings, artificial vegetation (Kolthoff’s was natural) and fewer animals.

Almost simultaneous is the creation of the first dioramas of New York’s Natural History Museum, which still constitute a reference in this field. When the new hall of American birds was planned, the Museum’s Ornithology curator, Frank Chapman, built an escarpment, where he placed about 70 sea birds, without paintings. The first diorama that included paintings was inaugurated in 1902, as Gylling’s; soon the convenience of curved backgrounds was perceived, for they allowed lateral vision without a loss of realism.

1902 was also the year when Four Seasonswas finished. It was a series of dioramas about the white-tailed deer made by Carl Akeley in collaboration with the landscape painter Abel Corwin. He used new taxidermist methods and a process patented by him to produce artificial leaves. The group was bought by Chicago’s Field Museum, who took the lead over New York in the exhibition of mammal’s panoramas. Since then, museums competed in the excellence of their dioramas and sent taxidermist and painters with the expeditions, who would later represent realistic landscapes based on their field sketches. The peak point is the year 1936, when the Akeley Hall of African Mammals was opened in New York’s Natural History Museum.

In Spain there are no comparable series of dioramas, but the Natural Sciences Museum keeps an extraordinary collection of naturalizations of the brothers Benedito, executed after 1911. Luis, specialized in mammals, and José María, expert in birds, did not make dioramas, but display cabinets, sometimes of great dimensions, where they placed the animals in realistic stances surrounded by condensed imitations of their environments.

The shop window, a stage-like contemplation device, is identified with the display cabinet and the diorama. Glass also seals, protects and reveals the box-books of my Forest’s Library. In this boxes, natural environments are reconstructed as well, ecosystems modified by the artistic gaze. To take the leap from the book to the diorama has been perfectly logical for me; there is only a variation of scale. On the other hand, I am much interested in the high degree of visibility of this intervention, a theater of nature with a large number of spectators, to whom this question is addressed: What do you yourself do for the planet? We humans are one of nature’s projects, as well. We have to show ecologic-creative intelligence and behave more respectfully towards our environment, listen to it and work for its maintenance.

Nature has always spoken to man and, from the childhood of mankind, shamans and seers have interpreted its messages. Throughout the centuries, the “reading” of the elements or of the natural phenomena has been based on different “languages”. In this time flow, I have stopped in ancient Rome, where divination guided by nature acquired an enormous influence on the destiny of the individual and the community. TheAuguraculum was a building, a square temple with the sides oriented to the four cardinal points, where the augurs interpreted the omens. The augurium is the token, the omen of future events. The word “inaugurate” is derived from it. Every inauguration ceremony demanded the inexcusable presence of the augurs. This new Auguraculum is a place to interpret the evolution of the planet, and three mancias, or divinatory arts do intervene. The first one is the ornithomancy, divination from the chant and flight of birds, practiced by the auspices. The second one is the osteomancy, divination by inspecting animal bones, that adopts different practices in different cultures; in Africa exists a kind of oracle called the “bone text”, where the bones are thrown on the floor and their disposition is interpreted; oracular bones were also used in Ancient China, fire was inserted in them to produce cracks that were omens for the soothsayers; more than 200.000 engraved bones have been preserved, the most complete collection of archaic Chinese writings – questions and answers – with more than 3.000 years of age. The third one is aeromancy, divination based on the wind’s direction (anemoscopy) or the forms of clouds.

The birds included in Auguraculum are birds of enlightenment: a griffon vulture, captured in 1911 in Riofrío (Segovia), an eagle-owl, a carrion crow and a corn bunting. All animals, and also the wolf and bison bones, the giraffe ribs, the whale vertebrae, the wapiti antlers, the dehornings of deer and the bovid horns on which they rest, come from the National Natural History Museum, who has contributed generously to this project, putting its impressive collections at my disposal.

The vulture occupied a privileged position among augural birds, in the category of alites, or flying. This had a mythical reason: When Romulus and Remo where discussing if Rome should be founded on the Aventine or on the Palatine, the solution came from the sky: On the respective hills, Remo saw six vultures, while Romulus saw twelve. Nevertheless, the great Roman Auguraculum was not constructed on any of both, but on the Arx Capitoline. The vulture’s symbols are multiple, and the animal appears in different cultures. In Greece it was consecrated to Apollo; in the same sense, the Mayan identified it with the vivifying and purifying force of the fire and the sun. It is a symbol of overcoming death, for it is capable of turning the carrion on which it feeds into vital force, and in various places of Africa it is considered a being that knows the secret of the real transformation of inert matter into gold. In Egypt, as the goddess Nejbet, the vulture was the protector of the pharaohs, and Egyptian queens often wore a vulture-headdress, whose wings cover the sides of the head; as hieroglyph, it represented the idea of “mother”. In Christianity, it is associated with the Virgin Mary, because of the belief that its eggs were fertilized by the East wind, and not by male vultures. So, as identified by Freud, the inclusion of its figure in Leonardo da Vinci’s painting Madonna and child with Saint Anne, makes sense in reference to a note of the master: “To write so clearly about the vulture seems to be my destiny, for among my first childhood memories I seem to remember that, as I was in my cradle, a vulture came to me, opened my mouth with its tail and hit me many times with the tail inside my lips”.

The owl is an almost universal symbol of wisdom, and a messenger of premonitions. While the vulture is associated with the sun and therefore with the day, the owl belongs to the night and the moon, that is, to the female aspect. The first representations date back to the Paleolithic, with the three snowy owls of the Trois Frères cave; in the Neolithic, clay figures of the owl are common, and in some places there was the custom of burning owl’s bones in cremations. The owl was the companion of Pallas Athena, and, while the vulture was coupled to the founding of Rome, the owl represents the city of Athens. Prophetic skills were also ascribed to the owl, although not as alites, but as oscines, whose singing was interpreted by the auspices. With a similar appreciation of its powers, the Luba soothsayers kept dissected owl’s heads in their baskets to increase their perception and their ability to penetrate the darkness.

The carrion crow, and corvids in general, have a special meaning for my work. The flight of three crows guided me to a hill in the woods, where they alighted. There I found some wooden frames, with which I built the first boxes for books of my Forest’s Library. The voice of the crow could be interpreted by the augurs, but its most notorious mantic properties were associated with its flight. Even in the XII century, the Cid Campeador saw their presence to the left or the right of the road as a sure omen of good or bad luck. This carrion crow, on the other hand, is an important item of the National Natural History Museum’s collection, for its naturalization was done by the mentioned José María Benedito.

The fourth bird, the albino corn bunting (Emberiza calandra, naturalized 1937) heralds the arrival of a new day. In the mythology of the Near East, the lark was the first creature that lived on earth. As it builds its nest on the earth, it is considered a mediator between heaven and earth, and its songs expresses happiness. Albino birds are very rare; they suffer a sickness called leucism that prevents the total or partial coloration of the feathers. As other albino animals, it represents the values of purity and prodigy we attribute to white in nature. This white corn bunting expresses earth’s dawn: a new beginning for nature.

Dioramas have a painted background, which is sometimes lighted from behind. In a diorama conceived as artistic undertaking, the technological means at our disposal nowadays invite us to substitute the pictorial representation by the projection of moving images. I chose to show images of clouds for three basic reasons: first, they fascinate me as plastic forms; second, the relation of clouds with the ancient divinatory arts; third, their importance in the atmospheric processes triggered by the climatic change. With the collaboration of Paco Mesa and Lola Marazuela, artist friends who have seen many clouds, I filmed different cloud formations over La Pedriza, in Manzanares el Real, during the autumn.

The contrast between the speed of the cloud formations and the utter stillness of the stuffed animals creates a break between an accelerated and an arrested time, which human perception has to close. In the installation, the presence of a French phrenological head of the XIX century – also lent by the National Natural History Museum – reminds us how that bright time of scientific knowledge and technological development has culminated in mortal danger for nature. The human mind is capable of destroying or of saving the planet. Or maybe nature will get rid of the human race and regenerate itself.

The symbolisms associated with all the elements that form part of this diorama do not exhaust their meaning. In the 1.101 books that make up my Forest’s Library, the images and materials are also arranged so that whoever opens them gets a personalized vision and “reads” them according to his o her sensibility. I wish that Auguraculum would serve as an instrument that favours individual interpretation. And as a contribution to charm the world again.

(Translated by María Lleó Castells)