Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

Botánica

BOTÁNICA. MIGUEL ÁNGEL BLANCO Y JAN HENDRIX
MUSEO NACIONAL DE LA ESTAMPA, MÉXICO D.F. DICIEMBRE DE 2003
METRO, ESPACIO CULTURAL METROPOLITANO DE TAMPICO. ABRIL DE 2004
MUSEO DE ARTE DE QUERÉTARO. JUNIO DE 2004
CENTRO CULTURAL TIJUANA. SEPTIEMBRE DE 2004
CALCOGRAFÍA NACIONAL, MADRID. FEBRERO DE 2005

exposición
Libro nº 794
EL ÁRBOL DE LA VÍBORA
29-3-2001. 161 x 444 x 53 mm
2 páginas de papel de corteza de madera con xilografías
Caja con nueve fragmentos del árbol de la víbora, Chihuahua, sobre cera y resina


Libro nº 795
FUERZAS DEL VALLE DE BRAVO
15-3-2001. 400 x 600 x 42 mm
2 páginas de papel de fibra de kozo con serigrafía
Caja con cuatro papiros del jardín de Jan Hendrix en Valle de Bravo, cuatro piñas de los bosques de Valle de Bravo, piñones de pino azul, lava del templo de Quetzacoatl, Teotihuacán, vela de cera negra, copal en astillas y habas de mar, Chiapas


Libro nº 797
YAGUL
10-5-2001. 300 x 300 x 50 mm
2 páginas de papel de Ixtle, algodón y pigmento verde de Oaxaca, con estampaciones digitales
Caja con esfera de vidrio, esqueleto de palas de nopal, tallo de garambullo y piedras verdes del cerro de Yagul sobre parafina


Libro nº 799
LA GRAN TENOCHTITLÁN
18-4-2001. 205 x 280 x 35 mm
4 páginas de papel lino con lejía
Caja con fragmentos de raíz de nopal de Zacatecas, piedra de ámbar de Chiapas y parafina


Libro nº 800
FUMAROLAS DESDE EL POPOCATÉPETL
24-4-2001. 123 x 295 x 42 mm
4 páginas de papel vegetal con estampaciones digitales
Caja con grafito de Oaxaca, púas de pochote de Monte Albán, hilos de ágave y seda blanca de cactus


Libro nº 832
HACIA LA NOCHE VERDE
30-5-2002. 103 x 155 x 32 mm
4 páginas de papel japonés y de Nepal con estampaciones digitales
Caja con púa de acacia cornígera de Loma Bonita y semillas de leguminosas de Selva Lacandona, y mica fuchsita de Brasil


Libro nº 833
CIGARRAS IRRADIANTES
31-5-2002. 105 x 280 x 32 mm
4 páginas de papel japonés con serigrafías de ramas
Caja con semillas volantes y alas de chicharras de la Selva Lacandona


Libro nº 834
NAVEGACIÓN POR EL LACANTÚM MULATO
1-6-2002. 295 x 415 x 40 mm
4 páginas de papel de Nepal y de pochote con estampaciones digitales
Caja con piel de mulato (bursera simaruba) de la Selva Lacandona, hilos minerales (crisolito), cera y resina


Libro nº 835
ASCENSIÓN A LA PLATAFORMA EN LA CEIBA
2-6-2002. 200 x 290 x 28 mm
2 páginas de papel de banano con estampaciones digitales
Caja con flores de ceiba, kapok, liana y vainas de semillas de la Selva Lacandona, cera y resina


Libro nº 838
JALAPELOS
14-6-2002. 165 x 230 x 31 mm
2 páginas de papel de algodón con auras
Caja con jalapelos y serrín de cedro de la Selva Lacandona

texto: Antonio SaboritEL ARCHIVO DEL TIEMPO
ANTONIO SABORIT

Observar es asomarse al interior de un espacio acotado por su contenido, echar mano a una mezcla de recursos más bien exclusivos de la mirada, vivir un reconocimiento. De la observación surge otra cosa. Fuera del soberano espacio interior en el que suele darse la revelación, la vista divaga; no busca, no: encuentra y evoca los saberes requeridos entre los diversos acervos que le dan cuerpo a la memoria. Observar es una experiencia interiorista en los depósitos del tiempo. Y dondequiera que aparece la posibilidad de observar, tiene que existir la posibilidad de paisaje. La exterioridad es uno de los rasgos llamativos en las piezas de Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix. Ellas viven en diálogo intenso y amigado con el mundo natural hasta el extremo de rehabilitar en el espectador la certeza que en Schelling dejó hace doscientos años el estudio de la relación entre las artes plásticas y la naturaleza y según la cual la naturaleza es el espíritu visible y el espíritu es la naturaleza invisible. Otro de los rasgos que atrapa al ojo en estas piezas son las personales estrategias de repetición en ambos creadores. El espacio elegido para contener los resultados de sus pesquisas, otro más. Con estos tres rasgos parecen haber formado un depósito tan excepcional como un archivo del tiempo. A cada cual sus arborescencias, el zurco refinado por el diario trabajo propio, la ventura de su eco. Sin embargo es ineludible interrogar sobre el punto de mira en el que se sostienen las piezas en esta exposición, como también lo es admitir el deseo de precisar una genealogía común a la que lo mismo responden tanto las serigrafías de Jan Hendrix como las cajas-libro de Miguel Ángel Blanco. Pero ¿acaso es posible hacer echar raíces al ombú, el árbol que camina en la noche de la pampa? La vista salta de las preguntas al susceptible torrente de minucias en el domino de este archivo en busca de la mano del creador y de la necesidad que acucia sus circunstancias. Es como si con un rezongo la propia vista quisiera poner fin al encanto en que la obra la mece. Por ejemplo: las semillas que Blanco acomodó en el interior de las piezas que él prefiere llamar libros. La mano del artista las ha fijado en una aparente esterilidad al encerrarlas en el interior de un microcosmos tocado por todos los presagios de un gabinete. Pero a la vez se diría que Blanco formó con ellas otro manjar. Como en el caso de La semilla milagrosa de Lev Tolstói, se debe preguntar si se trata realmente de semillas. ¿No serán acaso los vestigios de un tiempo primigenio en el que el hombre vivía de su propio trabajo sin codiciar el ajeno y en el que la moneda no se conocía? Tal vez no. Más acertado quizá sea verlos como restos de nuestras horas, recabados en el entendimiento de esta otra cátedra que la modernidad imparte desde que lo es: la humanidad de ayer es mejor que la de mañana y por eso sus restos son un legado único. Desde el mismo torrente de minucias asoma una pregunta relativa a la identidad del universo vegetal al que pertenecen las sombras de Jan Hendrix sobre las fibras de sus papeles. ¿Son la realización mineral de las siluetas que el tiempo proyectó en la cueva de la prehistoria? ¿Son entonces fósiles de la mano extendida de la naturaleza? Tal vez tampoco pudiera asegurarse sin error nada de lo anterior. Todo ambiente es una suerte de imposición y en este caso los papeles de Hendrix más bien devuelven las formas que dibuja el tiempo, el tiempo recuperado en las cicatrices que dibuja sobre la dura piel del mundo natural. El centro de esos papeles lo ocupa una suerte de relectura de la figura humana, mas no en el trámite de reducir a la naturaleza a las dimensiones que la modernidad parece infringir a nuestros cuerpos y emociones, sino en la obligación un tanto ritual de hacer crecer lo humano hasta alcanzar las dimensiones históricas del paisaje. Las serigrafías reunidas en este espacio parecen repetir la vieja convicción de Thoreau: “Necesitamos una infusión de abeto o ciprés en nuestro té”. Se diría que en Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix asoma un fabuloso universo de piezas para preservar. No me refiero a la posibilidad de estar en presencia de un arte público nuevo, pues es imposible imaginar un arte que no sea público, pero sí a una expresión diferente de lo público. En él se agita un mismo deseo de retener las imágenes de un mundo, que al tiempo que brotan ante nuestros ojos, desaparecen en la balumba de olvidos y extravíos que se apilan en un extremo de la banda sin fin de la vida. La diferencia de lo público se vive aquí en la devoción hacia el paisaje. Del paisaje se ha ido imponiendo una aplicación paradisíaca, acorde al indomable utilitarismo y los desalojos del consumo. No se encuentra por ningún lado el final de este escándalo, sin embargo. Por eso hay que insistir en este otro: el paisaje, tal y como alguna vez apuntó José Lezama Lima, es precisamente el diálogo entre el hombre y el espíritu que revela la naturaleza. Tal vez en el gesto conservador que admiten estas piezas –que les da cuerpo y aliento– se exprese apresuradamente el sello de nuestro tiempo, aún cuando las más de las veces cierto pudor nos impida llamar así a este tiempo y otras nos haga enmudecer la sensación de vivir desplazados por los diversos proyectos de muerte de los Barones de la hora. Y acaso por ese mismo gesto conservador, ante un conjunto plástico como el que aquí interpela a la mirada con sus saetas misteriosas, el espectador tenga por momentos la impresión de estar no sólo ante dos estilos ganados e insulares, como podrían serlo los de Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix, sino también de cara a los tesoros de dos gabinetes de curiosidades en los que la mezcla de lo recabado –por su belleza o por su edad, por su conveniencia o hasta por su aparente frialdad, por su opulencia o por su parquedad– conformara un paisaje filosófico que acentúa la impresión de que vivimos de restos, como si a la vuelta de la esquina nos aguardara el ineluctable fin de la historia. La pequeña victoria del arte sobre los trabajos y los días está en obtener de la más pobre de sus entrañas piezas para guardar. Ellas permiten apreciar una eternidad radiante en donde nada es estable. Y la materia prima de las piezas de Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix es el movimiento, la fundición, el agua corriente, el cambio, la transformación, el tiempo, la danza de las formas. Esta materia es el signo del archivo del tiempo. De ahí que el libro de la naturaleza sea en este caso indispensable para observar la manera en la que un estado deja de existir y se convierte en otro. Miguel Ángel Blanco creó con esta imagen sus propios libros, y más que meros libros, se impuso la creación de una Biblioteca del Bosque. Imposible no encontrar a Tolstói en estas palabras de Miguel Ángel Blanco: “El bosque es uno de esos lugares privilegiados en los que se puede sentir la palpitación de la madre tierra”. Recuérdese ahora que en cierto momento de la vida de Tolstói sus apuntes sobre el bosque empezaron a ocupar mayor espacio, a costa de otras de sus preocupaciones. En el verano de 1893, por ejemplo, escribió: “Neblina azul, el rocío como cosido a la hierba, a los matorrales y a los árboles de dos metros de altura. Las ramas de los manzanos se inclinan hacia la tierra de tanto peso. De la cabaña sale un humo que huele a ramas secas”. De hecho, de la contemplación de la naturaleza no sólo obtuvo la imagen central para su novela Jadzhí-Murat, la de una mata de tatarin (de cadillo) con dos de sus tres retoños quebrados, así como los detalles de la sombra del águila sobre el flanco de la montaña y las huellas sobre la arena de fieras, caballos y hombres. Tolstói buscaba la belleza en la revelación del misterio y lo divino en la espesura de Yásnaia Poliana y se diría que pocos asuntos lo apasionaron tanto y tan sutilmente como la necesidad de establecer un puente entre la imperfecta expresión artística de los hombres y el esplendor creativo de las palpitaciones de la madre tierra. “¿Cuándo reinará entre los hombres lo mismo que en la naturaleza?” se preguntaba Tolstói al descubrir en otra ocasión el reino de la belleza, la felicidad y el bienestar en el bosque. “En la naturaleza hay lucha, pero es una lucha honesta, sencilla, hermosa”. El paisaje de lo que más gusta en nuestra hora es de ocultarse, negándonos el acceso al espíritu que revela la naturaleza desde el tiempo de los románticos, lo mismo en el llano que en el bosque, en la montaña que en la laguna. Hay en esta cualidad del paisaje escamoteado otro de los acuerdos de la modernidad, un acuerdo activo desde el momento mismo en que convenimos en impulsar el menosprecio de corte a costa de la alabanza de aldea. De ahí que en la obra de los primeros paisajistas salten a la vista la especialidad de su acecho deliberado al mundo natural, que en adelante el campo y sus ecuaciones bucólicas se vean transformados en una suerte de unidad cifrada que arrastra consigo a su propio creador, en un libro sagrado que sólo son capaces de hojear unos cuantos enterados y gracias a cuyas artes vemos lo que antes estaba enfrente de nuestras narices. Los papeles de Jan Hendrix guardan una reveladora clave poética. En ellos la sola posibilidad de un paisaje hecho de imágenes aisladas y su frenética descomposición en la soledad agónica de sus fragmentos son el presagio de un  tiempo histórico, si se acepta que en todos y cada uno de estos papeles la naturaleza vive en un tiempo tan preciso como el presente. Se niegan a la linealidad tal y como la enumeración de todos los elementos que concurren sobre el papel nunca darán el secreto de aquello que destaca sobre la superficie. Tal vez sus tonos en ocasiones inviten a imaginar la estridencia de un magno estallido ancestral, ni visto ni oído por alma conocida, y por momentos parezcan recrear ante el espectador la imprecisa fábula que narra la pérdida del sentido original del universo. Sólo faltan en estos papeles algunas sombras de las estepas de los tártaros para completar el cuadro de todo cuanto puede resultar de lo más deprimente y repugnante para el animal de corte a quien ahora se le llama de manera solemne ciudadano y que ha perdido la capacidad para dialogar con el espíritu que la naturaleza revela. Hendrix, el día que quiso recrearse con la música de las formas, salió a recorrer el planeta a la caza de los paisajes más profundos y volvió de sus lugares sagrados con docenas de imágenes a su gabinete de trabajo. Una vez ahí, fijó en la obra en proceso de su obra, hizo que la misma levedad del papel y sus fibras participaran en la realización del objetivo central de todo esto, si es que el resto de la frase existe y si en realidad tiene un solo objetivo: manifestar los secretos del alma humana que la palabra sencilla no puede expresar. Por eso es arte, le dijo Miguel Ángel Blanco citando a un Tolstói septuagenario, sumido en la paciente impaciencia de su propio espacio natural. La naturaleza es un Sancta Sanctorum, el lugar sagrado de estos papeles, su sentido primitivo y a la vez una de sus expresiones contemporáneas. Un azar se encargó de que Miguel Ángel Blanco empleara papeles muy semejantes a los de Jan Hendrix al paginar sus libros. Al fin el azar es lo que es en su obstinación de salmón. Nadie podía saber que al mismo tiempo Hendrix echaba mano de aprisionamientos geométricos muy semejantes a los de Blanco para depositar sus papeles. Los diagramas de fuego en el LIBRO Nº 720 de Miguel Ángel Blanco fijan sobre el papel de fibra de plátano los pormenores de una enigmática cuenta temporal. Algo similar devuelven las sombras de las acacias que Jan Hendrix estampó sobre las fibras de un papel proveniente de Nepal. Tal vez sea difícil imaginar un material más frágil para conservar la leve delicadeza de semejantes persuasiones plásticas. Sólo que a ninguno de los dos parece ocuparlos la obsolescencia física de estos abandonos, siendo que en el sentido de emplear estas fibras vive el propósito de instalar en el centro mismo de su prédica estética la destrucción natural de las cosas. Acaso en el fondo Blanco y Hendrix abriguen la confianza de que un diligente equipo de monjes budistas –como el que existía en la Biblioteca Canetral de Cambodia antes que Pol Pot y su Jmer Rojo decidieran borrar de la faz de la tierra toda la información sobre esa civilización– en adelante se encargue exclusivamente de realizar copias de todos estos trabajos en el momento preciso en que el tiempo y su propia naturaleza se vuelva en contra de ellos. La materia de este acervo es el tiempo y su sigilo. Y también en el tiempo  se encuentra su mayor adversario. Con él y en contra suya, entonces, aparece aquí otra línea en el horizonte de nuestras expectativas. Si fuera necesario encontrar un paralelo musical estrictamente contemporáneo a estas piezas de Miguel Ángel Blanco tal vez la primera búsqueda conduciría al sacro almacén de un compositor como el estonio Urmas Sisask. A tal grado me parece que las páginas de los LIBROS de Blanco están colmadas de Hosanna in excelsis y de Laudate Dominum omnes gente. La caja de sombras de Jan Hendrix, por su parte, remitiría a las indagaciones armónicas de la finlandesa Kaija Saariaho, sin duda alguna. Encima de las técnicas mixtas que caracteriza sus trabajos, e incluso sobre el hecho de que cada cual ha desarrollado sus propias escalas, en la obra de todos ellos el centro del mundo se encuentra simultáneamente aquí y allá. Sin embargo, la vista en conjunto de este acervo más bien sugiere encaminar cualquier paralelo hacia el espacio de las ONCE INTRUSIONES que el ermitaño Harry Partch ensayó hace medio siglo en su refugio en Gualala, California, con los instrumentos de percusiones y cuerdas que él mismo imaginó y construyó a lo largo de años de meditación y estudio. La pasión por la microtonalidad de Partch, y sobre todo la voluntad expresa de desplazarse en espacios cada vez más estrechos con el fin de encontrar precisamente la microtonalidad deseada, ilustra las dimensiones de la concha en la que Blanco y Hendrix buscan precisar sus filiaciones. Hasta los nombres de los instrumentos de Partch recuerdan, en su misma sonoridad, las minuciosas especificaciones técnicas en los libros de Blanco y en los papeles de Hendrix: Chromolodeon, Cloud-Chamber Bowls, Harmonic Canon, Bass Marimba, Diamond Marimba. Las comparaciones son siempre escuetas y ponen de manifiesto todo aquello que no alcanzamos a diferenciar a cabalidad tras el humo de la magia. En este caso la milenaria lengua de las formas nos evade, así nos pueda hablar de frente, como sucede en PIEDRA, TORTUGA Y NIDO de Jan Hendrix, o bien sólo insinuarse, como en el LIBRO Nº 709. UMEIROS de Miguel Ángel Blanco. Sus metáforas bailan en lo alto de una llama y en respuesta las más de las veces no hacemos sino ladear la cabeza como el cachorro de la RCA; y al igual que él, percibimos las formas sin entender sus sentidos. La poderosa significación vital de este acervo cobra valor de escritura y, en su conjunto, dan Cuerpo a un depósito (sin metáfora) de experiencias y saberes contemporáneos. Las piezas aquí reunidas viven en los elementos que Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix tomaron del mundo, como vive prendido al hilo de su renacimiento el jardín de la abandonada mansión señorial gracias al cuidado del antiguo vagabundo que Tolstói acomodó en uno de sus relatos. El origen de todas estas piezas está en los paseos de ambos en medio de la naturaleza y su sola apariencia remite nuevamente al archivo y sus particularizaciones. Pero no al archivo como la imagen de cierto depósito de saberes útiles e instrumentales que demandaban las persuasiones de la retórica, sino en este caso como un artefacto tan vivo y asombroso como la inestabilidad y la maravilla de su materia, el tiempo.


Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix en una plataforma sobre una ceiba en la Selva Lacandona. Fotografía: Javier Hinojosa

catálogo
Botánica. Miguel Ángel Blanco / Jan Hendrix
Museo Nacional de la Estampa, México D.F. y Calcografía Nacional, Madrid, 2003
Textos de Antonio Saborit, Miguel Ángel Blanco y Jan Hendrix
92 págs.

prensaGuillermo Solana. El Cultural

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