Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

EL AURA DE LOS CIERVOS. Museo Romántico

MUSEO NACIONAL DEL ROMANTICISMO, MADRID. OCTUBRE 2014 – MARZO 2015

exposiciónMi intervención en el Museo del Romanticismo parte de una estampa de Fernando Brambilla, quizá su imagen más romántica, en la que unos ciervos saltan en primer plano asustados por una violenta tormenta eléctrica sobre Riofrío. Me hizo interesarme por otras apariciones de los ciervos en piezas de la colección, que reflejan la fascinación por un animal con una carga simbólica ancestral y dan idea de las distintas facetas que tuvo en ese período su representación artística: desde la pervivencia de temas paganos, como el mito de Diana y Acteón, o cristianos, como el ciervo crucífero –con una cruz entre los cuernos, en las leyendas de San Eustaquio a San Huberto-, a la encarnación del espíritu de la naturaleza incontaminada en el paisaje sublime o a la narrativa cinegética.
Las piezas seleccionadas dialogan con ocho libros-caja de mi Bilbioteca del Bosque, realizados para esta exposición con puntas y fragmentos de cornamentas de ciervo. Las cuernas se han comparado siempre al ramaje de los árboles, a los que está dedicada una buena parte de mi obra; en estos libros-caja evocan atributos de los ciervos relacionados con la germinación, el crecimiento y la regeneración, la persecución de la sabiduría… La canción de Amergin, primer druida irlandés, comienza con las palabras: “Soy un ciervo de siete puntas”.
Pero donde se precipita este mundo visionario es en la instalación que escenifica la liberación del aura de los ciervos. En la pared he instalado un conjunto de treinta metopas históricas de triunfos cinegéticas vacías, que proceden del Museo Nacional de Ciencias Naturales, al igual que las cornamentas que forman, en cierto sentido, una montaña. Todas las imágenes, los mitos, las leyendas y las fuerzas invocadas por las cuernas se densifican aquí: rama, raíz, rayo, llama. Una intervención sonora nos hace escuchar su entrechocar y la berrea de los ciervos, convocando la magia de la expansión del sonido en la naturaleza, al caer la noche. Ascended la montaña y escuchad el bramido de los ciervos. Encontraos con ellos en la oscuridad. Desentrañad el lenguaje cifrado de sus cornamentas y admirad su misterio. Sed testigos de su liberación.

1137 caja

textoSoy un ciervo de diez puntas
Miguel Ángel Blanco

A deer looks through you to the other side,
and what it is and what it sees is an inhuman pride.

Así describía el poeta galés Iain Crichton Smith su experiencia con Ciervo en las altas colinas: “Un ciervo mira a través de ti hacia el otro lado,/ y lo que es y lo que ve es un orgullo inhumano”. A comienzos de 2008 yo tuve la visión de un ciervo solitario en la oscuridad y el silencio del crepúsculo, en una loma coronada por un grupo de acebuches, en el Valle de Alcudia. Se mantuvo frente a mí, quieto, contemplándonos los dos de cerca durante varios minutos. Y guardé ese momento en el libro-caja nº 1137, Contacto nocturno, con páginas de fibra vegetal sumergida en aceite de linaza que les confiere una textura epidérmica, táctil, y, en la caja, la dilatada mirada nocturna de obsidiana.

Los encuentros con los animales en la naturaleza constituyen siempre experiencias trascendentes pero es el ciervo el que reina en una mística de la montaña que tuvo gran arraigo en el período romántico. Con esta intervención artística en el Museo Nacional del Romanticismo pretendo que seamos conscientes del misterio y la grandeza del ciervo, que desentrañemos el lenguaje de su cornamenta y seamos testigo de su liberación.

Siempre me han interesado los fondos ocultos de los museos. Es un gran privilegio poder bucear en sus almacenes y, como artista, generar un diálogo con algunas de las obras que desarrolla determinadas “afinidades electivas”. Tras el proyecto que realicé en el Museo Nacional del Prado, Historias Naturales, abordo éste en el Museo Nacional del Romanticismo a otra escala y con una mayor presencia de mi propia obra, en forma de una instalación y de una selección de libros de la Biblioteca del Bosque realizados ex profeso. Desde que conocí la sala de exposiciones temporales de este museo he deseado hacer un proyecto específico para ella: es un pequeño gabinete donde las obras ganan en intensidad y resonancia. La imagen que precipitó el concepto de la exposición fue un grabado de Fernando Brambilla Vista del Real Palacio de Riofrío tomada entre el Norte y Levante, con relámpago, que se conserva en el gabinete de grabados y que me hizo interesarme por otras representaciones de los ciervos en la colección.

La serie de estampas “Vistas de los Sitios Reales y Madrid” fue realizada hacia 1830 por Fernando Brambilla a petición de Fernando VII, de quien era pintor de cámara. Estas pinturas se litografiaron para formar una colección de ochenta y ocho estampas que se publicó en 1833 por el Real Establecimiento Litográfico. En Riofrío, la referencia a la caza era obligada: el palacio fue construido por Isabel de Farnesio y apenas fue habitado –con excepción del período que pasó allí Francisco de Asís, viudo de Isabel II, que redecoró parcialmente el palacio al estilo de la época, el romántico isabelino-, siendo utilizado como cazadero por sus descendientes. En realidad, en el grabado de Brambilla vemos el palacio no desde el Noreste sino desde el Noroeste; no es algo que tenga gran importancia porque en la estampa el protagonismo lo tienen los ciervos y la violenta tormenta eléctrica que ilumina un paisaje sombrío.

Para esta exposición he hecho siete nuevos libros-caja, con puntas y fragmentos de cornamentas de ciervo, pero el que pongo en diálogo con la imagen de Riofrío es anterior, de 1996: El libro de las raíces rayo (nº 650), que introduce toda una serie de analogías naturales, culturales y artísticas relacionadas con las cuernas, a menudo unidas a la idea de ramificación. El rayo ramifica en el cielo y ramifica bajo tierra, cuando impacta sobre la arena y la funde, formando el mineral conocido como fulgurita. A pesar de que no sea algo estadísticamente habitual que los ciervos mueran fulminados –aunque sí se han documentado numerosos casos-, asociamos morfológicamente cornamentas y relámpagos, con el apoyo de la similitud con la ramificación de los árboles –en sus ramas y en sus raíces, en este libro de pino silvestre del Valle de la Fuenfría-, que sí suelen ser golpeados por ellos. En euskera, rama y cuerno se denominan con la misma palabra: adar.

En otro de los sitios reales, La Granja de San Ildefonso, crece la majestuosa Secuoya del Rey, cuyas piñas he utilizado para el libro-caja nº 1135, Cerval, en el que se produce una hibridación, una mímesis entre el bosque y las rosetas, que son el punto de contacto de las cuernas con el cráneo, donde nacen las astas. Es un libro de germinación y renovación que invoca el crecimiento de árboles, de un bosque venerable, sobre la cabeza del ciervo.

La figura del ciervo ha tenido desde los inicios del arte significados simbólicos y místicos. En algunas culturas chamánicas, incluidas las prehistóricas, los sacerdotes portaban tocados con cornamentas cuando alcanzaban el máximo nivel de sabiduría. La madurez y la experiencia del druida céltico se medía también metafóricamente con esa imagen de las astas desarrolladas: La canción de Amergin, primer druida irlandés, citada por Robert Graves en La diosa blanca, comienza con las palabras: “Soy un ciervo de siete puntas”. En el libro-caja nº 1136, Soy un ciervo de diez puntas, rindo homenaje a esa aspiración a la sabiduría a través de la naturaleza. El proceso de crecimiento interior se refleja en la aparición de las puntas sobre unos líquenes que recogí en un dormidero de ciervos en el Valle de la Fuenfría, donde también me he topado con ellos en la noche, a veces escuchando solo sus pisadas.

Muchos de los valores agregados al ciervo tienen que ver con su cornamenta. El dios celta de la abundancia, Cernunnos, porta astas de ciervo como atributo que alude al poder de regeneración de la naturaleza, recogiendo inmemoriales creencias que llevaron, por ejemplo, a algunos grupos paleolíticos a situar en los enterramientos cuernas de ciervo junto a la cabeza del muerto. El libro-caja nº 1139, Cernunnos, está consagrado a ese dios. En sus páginas he utilizado la técnica de las “auras”, espectral, que me permite capturar el resplandor sobrenatural de las astas; en la caja he conservado una pezuña de ciervo y una rama seca de encina del Valle de Alcudia, donde, por cierto, se encontró hace un par de décadas una estela celta que representa a Cernunnos, con un estilo similar al de su más conocida imagen, en el caldero de Gundestrup. La resina está teñida de rojo evocando los sacrificios paganos.

El ciervo es casi siempre un animal benéfico. En su Historia Natural Plinio le atribuye el poder de localizar y ahuyentar a las serpientes, y de curar su picadura, lo que hizo después que se considerara como enemigo del Mal. Antiguos bestiarios pretenden que distingue las hierbas curativas y afirman que “El ciervo conoce el díctamo”, es decir, aquella que sana sus heridas. En el cristianismo se asocia al bautismo y aparece representado en muchas pilas bautismales, por su frecuentación de manantiales y arroyos, vinculados del Agua de la Vida. Y de nuevo las cuernas son eje del símbolo: por su forma ramificada se ligan al Árbol de la Vida y, desde ahí, a la cruz de la Crucifixión, en una analogía que cristaliza primero en la leyenda de San Eustaquio y después en la de San Huberto, que iniciaron su carrera de santidad tras tener una visión, mientras cazaban, de un ciervo con una cruz en la cornamenta. En esta exposición, el ciervo crucífero aparece en la litografía realizada hacia 1827 por Vicente Camarón que reproduce el cuadro de Jan Brueghel y Pedro Pablo Rubens La visión de San Huberto, hoy en el Museo del Prado y entonces en la colección del Infante Don Sebastián.

Estos santos tuvieron una revelación venatoria, en el bosque. Allí tuvo el cazador Acteón otro tipo de visión, que le llevó a la muerte: la de Diana (Artemisa en la versión griega) bañándose desnuda; ella, enfurecida, le transformó en ciervo que fue enseguida abatido por otros cazadores. Una de las más célebres imágenes de Diana cazadora, acompañada por ese ciervo que nos refiere al mito de Actéon, es la escultura romana que estuvo en el Louvre y hoy ha regresado a la Galería de los Espejos en el Palacio de Versalles. La cornucopia –espejo con marco ornamental- del Museo Nacional del Romanticismo, de finales del siglo XVIII, reproduce esa escultura y es pareja de otra en la que aparece el Apolo Belvedere. Curioso que nos adentremos en estas historias de visiones y caza a través de un espejo.

La caza es uno de los ámbitos iconográficos que permite que el paisaje gane autonomía como género en la pintura, proceso que culmina con el Romanticismo. Ya desde la pintura barroca, el cazador es una modalidad de retrato, en principio aristocrático o real, que permite la representación de la figura en un entorno natural. La miniatura que he seleccionado de un joven caballero con una escopeta bajo el brazo es solo un ejemplo de la pervivencia de ese subgénero retratístico en el siglo XIX, mientras que en la estampa de Alexandre Calame, pintor suizo que se cuenta entre los fundadores de la mística de la montaña, vemos cómo el retratado es ya el paisaje y los cazadores son casi un aderezo del mismo. La escena de caza inserta una narración en el género del paisaje, a la vez que permite compaginarlo con la representación animalística. En el siglo XIX hubo tres grandes pintores de ciervos, Gustave Courbet en Francia, Edwin Henry Landseer en Gran Bretaña y Albert Bierstadt en Estados Unidos, de los que no tenemos obras de este tipo en España. La representación del ciervo en su medio natural está solo a veces ligada a una cacería pero es una amenaza casi siempre latente. El ciervo libre lo es por su apartamiento del hombre, del cazador. Así lo percibimos en las dos litofanías –placas de porcelana tallada- en las que aparece un paisaje alpino emparentable con los de Calame; en la alta montaña alcanza el ciervo su significación más sublime.

Las litofanías, producidas a partir de los años veinte del siglo XIX a imitación de antiguas porcelanas chinas, se retroiluminaban con la luz que entraba por las ventanas pero más a menudo con velas, candiles o llamas de gas, produciendo con su oscilación una impresión de movimiento en la escena. Curiosamente, las puntas de las cornamentas de ciervo se denominan también Candiles (libro-caja nº 1134). Imaginar esas puntas iluminadas, como si fueran velas, provocó la visión de este libro. He utilizado también en él un elemento en principio ajeno y extraño, un pólipo de estrella, vertebrado marino que se ramifica como las cuernas y que añade un componente alucinatorio a estas configuraciones córneas. Lo onírico se agudiza en Cuerna hipnótica (libro-caja nº 1138) con la composición de nuevos y extraños diagramas de puntas, combinados con raicillas del Pantano de las Berceas en el Valle de la Fuenfría.

Pero donde se precipita todo este mundo visionario es en la instalación que escenifica la liberación del aura de los ciervos. En la pared he instalado un conjunto de treinta metopas históricas de triunfos cinegéticos… vacías. Sirvieron de soporte no solo a cabezas de ciervo sino también de tigres, antílopes y otras presas de los cazadores, y proceden del Museo Nacional de Ciencias Naturales, al igual que las cornamentas amontonadas, que forman, en cierto sentido, una montaña. Decenas de ciervos que fueron cazados como entretenimiento por personajes ilustres o con destino a su estudio zoológico, que vuelven a formar rebaño. Todas las imágenes, los mitos, las leyendas y las fuerzas invocadas por las cornamentas se densifican aquí: rama, raíz, rayo, llama. Y el peso del hueso llega a la tierra, se enraíza en ella y se crece.

Una intervención sonora nos hace escuchar, al acercarnos a la montonera, el entrechocar de las cuernas y la berrea de los ciervos. Esas poderosas voces son también evocadas en Bramidos tras la máscara (libro-caja nº 1140), que nos recuerda la potencia y la fascinación de la expansión del sonido en la naturaleza, surgiendo aquí de la noche, a la que regresamos, con brillos de micas/estrellas. Detrás de ese fragmento del cráneo, máscara de chamán, resuena la expresión de un orgullo inhumano.

galería de imágenes
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Ver también la galería de imágenes del Museo del Romanticismo en Flickr:

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Grabación de Gianni Pavan, de la Università degli Studi di Pavia, en el Altopiano del Cansiglio, Val Cornesega (Alpes italianos)

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El aura de los ciervos en la web de RN5.

2014-11-12 19.32.56

música para los ciervos