Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

MUSGO NEGRO. Sto. Domingo de Silos

ABADÍA DE SANTO DOMINGO DE SILOS (MNCARS). SEPTIEMBRE-DICIEMBRE 2006

exposición





Libro nº 280
VUELO ESTROBOSCÓPICO
19.2.1989. 149 x 261 x 25 mm
Seis páginas de papel de estraza, papel vegetal y plástico doblado con barniz, fragmentos de madera, pluma y disco estroboscópico
Caja con ala de paloma y espejo sobre fondo de limaduras de hierro



Libro nº 415
LLUVIA NEGRA EN TIERRA DE ERMITAÑOS
18.4. 1991. 160 x 200 x 23 mm
Seis páginas de papel de estraza, papel vegetal milimetrado y papel hecho a mano con piel de cebolla, tinta china y puntos de fuego
Caja con tierra, astilla de enebro y tres piedras de la ermita de San Frutos, Sepúlveda (Segovia), y dos semillas de la República Democrática del Congo



Libro nº 600
YUSTE
6.1.1995. 434 x 434 x 33 mm
Cuatro páginas de papel verjurado impregnado de tierra de Yuste con huellas de cápsulas de eucalipto
Caja con tierra y nueve cápsulas semillares del eucalipto centenario del monasterio de Yuste (Cáceres)



Libro nº 624
AURA
16.10.1995. 436 x 436 x 28 mm
Cuatro páginas de papel verjurado y papel de bambú de la India estampadas con xilografías
Caja con ocho ondas de barras de inciensos tibetanos sobre cúrcuma



Libro nº 642
SERPENS
9.6.1996. 400 x 596 x 25 mm
Seis páginas de papel pergamino marrón con estampación al aguafuerte y papel de cáscara de huevo con aurografías
Caja con dos fundas de serpientes sobre cera y resina negra



Libro nº 668
ESTANCIA FRAY ANGELICO
13.5.1997. 125 x 195 x 22 mm
Seis páginas de papel verjurado y papel reciclado veneciano con aurografías
Caja con 24 escamas del cedro del claustro del convento-museo de San Marcos, Florencia



Libro nº 740
FICUS RELIGIOSA
10.3.1999. 218 x 313 x 35 mm
Cuatro páginas de papel verjurado y papel pergamino con estampación digital del baño sagrado de Polonnaruwa, Sri Lanka
Caja con seis hojas del Ficus religiosa de Bodhgaya, árbol de la iluminación de Buda



Libro nº 969
ZUGARRAMURDI AKELARRE
19.8.2005. 205 x 285 x 40 mm
Cuatro páginas de papel verjurado y papel de algodón con estampaciones vegetales y tinta china roja
Caja con tierra de la entrada a la cueva de Zugarramurdi y del interior de un roble seco, raíz de roble y corteza de castaño, roca calcárea erosionada por el Río del Infierno y frutos venenosos del Campo del Diablo, sobre parafina negra



Libro nº 996
CLAUSTRO PARA PSILOCYBE CUBENSIS
18.5.2006. 200 x 285 x 42 mm
Seis páginas de papel de fibra con petróleo y carboncillo, y papel vegetal con estampaciones digitales
Caja con tres conos femeninos del ciprés de Silos, carbón vegetal, raíz de pino silvestre del Valle de la Fuenfría y hongo Psilocybe cubensis, Amsterdam, sobre cera negra



Libro nº 999
SEMILLAS SILENSIS
6.6.2006. 150 x 230 x 33 mm
Seis páginas de papel verjurado, papel de pochote de algodón decolorado y papel de fibra de morera con tinta china y grafito
Caja con víbora de Mestanza, arenisca de los pinares de Quintanar de la Sierra, semillas del ciprés de Silos, piedra caliza y semillas lanosas de chopo del huerto de la abadía, y gálbulos de sabina de La Yecla

textoSANTUARIOS NATURALES
MIGUEL ÁNGEL BLANCO

Esta exposición dibuja un recorrido, invisible y silencioso, que se ramifica en el tiempo y en el espacio, por distintos lugares sagrados vinculados a la naturaleza. En unos casos, el emplazamiento natural convertido en santuario era (es) ya sagrado de por sí, por las fuerzas telúricas que allí se manifiestan; en otros, lo natural ha penetrado en el recinto sacro, a menudo en forma de árbol, y se ha vinculado estrechamente a su imagen, a sus ritos o a su significado. La senda de meditación que imagino entre todos estos lugares que he visitado se convierte en una peregrinación creativa en la que desarrollo nuevas liturgias naturales. He buscado en cada punto los elementos que pudieran transmitir la energía espiritual y la energía botánica, que son una, que emanaba del espacio sagrado. Esos elementos se han integrado en las páginas y las cajas de los libros -epifenómenos de acontecimientos- de mi Biblioteca del Bosque, un proyecto vital que se origina en invierno de 1985 y que es una exploración artística al poder de la naturaleza, en todos sus reinos, en toda su fenomenología y en toda su extensión geográfica y simbólica. Los 44 libros que ahora se reúnen en la abadía de Silos están fechados entre 1986 (libro nº 90) y 2006 (libro nº 999), año en que el ciprés y la sequoia de Silos me señalan este itinerario que ya existía en la Biblioteca. Había dedicado libros a otros majestuosos árboles enclaustrados, como el eucalipto de Yuste (en el nº 600) o el cedro del claustro del convento-museo de San Marcos, en Florencia (nº 668), donde vivió el gran Fray Angelico. A otros monasterios que, como Silos, se ubican en parajes de naturaleza mística, como el convento del Palancar y el monasterio de San Pedro de Alcántara en Cáceres (nº 601), El Escorial (nº 656) o el monasterio de Piedra en Zaragoza (nº 807). A los antiguos eremitas, que se escondieron, para buscarse, en cuevas (Lluvia negra en tierra de ermitaños,ermita de San Frutos, nº 415) o en el interior de los árboles (Dendritas, nº 562). Pero el árbol es lugar de iluminación no sólo para la religión cristiana, que retoma la adoración pagana de lo vegetal (el árbol precristiano, nº 295) en las iglesias construidas junto a santuarios naturales, o que hace aparecer a la Virgen en las copas de los árboles (como en la encina de Artziniega, nº 922); Oriente tiene una larga historia de meditación sobre las raíces, y los budistas reverencian el Ficus religiosa bajo el que Sakyamuni vio el camino al nirvana (nº 740). El incienso, que es una decantación de las esencias del árbol, destinado a ser consumido en pequeños incendios rituales, ha estado muy presente en una serie que dediqué a esta preciosa sustancia, utilizada en los santuarios asiáticos (nº 609, 628), pero también para perfumar las catedrales, los grandiosos templos de la cristiandad: Nôtre-Dame (nº 355) o Santiago de Compostela (nº 632), de cuya fachada recogí musgos. El musgo aparece en no pocos libros de la Biblioteca del Bosque, probablemente por su su significado protector y porque su visión nos traslada de inmediato a la intemperie boscosa. Es una de las plantas terrestres más antiguas, creada para una temporalidad que no es la humana: crece muy lentamente y su vida es muy larga. Incluso cuando es arrancado de su habitat conserva su verdor durante largos años, como he podido comprobar en mis libros. Hay en nuestro país más de mil especies de briofitos -la familia botánica que incluye a los musgos, las hepáticas y las antocerortas- y se encuentran en casi todas las regiones. He utilizado sobre todo dos de ellas: la más abundante, el Leucobryum glaucum (cuyo nombre genérico, procedente del griego, significa leuco=blanco bryon=musgo), que forma masas pulvinulares (en forma de almohadilla), y elAntitrichia curipendula, cuya presencia implica la existencia de nieblas y aire puro y que en la Edad Media se usaba para llenar colchones, se dormía sobre él.

El musgo representa la protección y el silencio grave. La paz del santuario. Su manto grueso y compacto crea las condiciones para comprender la esencia. El musgo negro sublima, transmuta en sentido alquímico; es invocación y cántico. Sumerjámonos en las profundidades del musgo negro.

En ocasiones, el recinto sagrado es más amplio, como la montaña de Tai-Shan, santuario taoista (nº 712), la Peña Bernal, en Querétaro (México, nº 926), o nuestros bosques gallegos de la Riveira Sacra (nº 734). Pero la naturaleza tiene también sus santuarios malignos, donde se concentran las fuerzas negativas, tan intensas como las positivas. He encontrado lo demoníaco y sus símbolos en las guaridas de las serpientes (nº 642), en las plantas alucinógenas como la datura (nº 376), en el prado de Zugarramurdi donde se celebraban los aquelarres (nº 969), en la figura del ángel caído, mutado en gigantesca acícula (nº 489), o en el 666 (es el número de ese libro) de las catacumbas romanas de San Calixto.

En la abadía de Silos, antiguo centro de espiritualidad cargado de su larga historia y de la quietud de su territorio, pasé tres noches en junio de este año. En 2005 ya había hecho un libro sobre la gran sequoia del patio exterior (nº 967), y ahora pude acceder al ciprés centenario -cuyas semillas me ofreció el abad, Clemente Serna-, a sus huertos y, desde allí, a la sierra de la Demanda, a sus bosques de sabinas, a sus eremitorios y al monasterio abandonado de San Pedro de Arlanza (con su enorme árbol enclaustrado, un pinsapo). Con todos los materiales recogidos he trabajado en un momento clave en mi Biblioteca: alcanzar el número 1000, un libro sanguíneo y dramático que se podría asociar con el milenarismo cristiano, en el que interviene un fragmento de roble antiguo de la necrópolis medieval de Cuyacabras. El claustro de Silos es uno de esos espacios en los que naturaleza y culto se fusionan, y a él he dedicado dos libros: el 996, Claustro para Psilocybe cubensis, y el 999, Semillas silensis.

Quisiera agradecer al abad y a los monjes de Silos su acogida y a Ana Martínez de Aguilar su inmediato apoyo a este proyecto. Y no puedo dejar de mencionar a dos grandes naturalistas que pasaron sus días en este recinto. El primero es Isidro Saracha (1723-1803), encargado del huerto medicinal y boticario de la abadía, que se relacionó con los más adelantados botánicos españoles y extranjeros, colaborador con el Jardín Botánico de Madrid y recordado para siempre por haber dado su nombre a plantas americanas como Saracha acutifolia, Saracha contorta, Saracha herrerae, Saracha jaltomata y Saracha procumbens. El segundo es Saturio González, que catalogó también nuevas plantas, fue disecador de aves y pasó una temporada en la estación alpina de biología en el Ventorrillo, junto al Puerto de Navacerrada, a principios del siglo XX. En mis bosques.

english textNATURAL SANCTUARIES
MIGUEL ÁNGEL BLANCO


This exhibition outlines an invisible and silent route, which branches out in time and space along different sacred spaces linked to nature. In some cases, the natural site turned into a sanctuary was (is) sacred in itself because of the telluric power there manifested; in other cases, nature has entered the sacred space, often in form of a tree, and has become intimately tied to its image, its rites or its meaning.

The meditative path I imagine among all these places I have visited turns into a creative peregrination, in which I develop new natural liturgies. In each of these places I have searched for elements that could transmit the spiritual and the botanic energy, one and the same, emanated by the sacred space. These elements have been integrated in the pages and boxes of the books – epiphenomena of events – of my Forest’s Library, a life-project initiated in winter 1985, which is an artistic exploration of nature’s power in all its realms, in all its phenomenology and in all its geographic and symbolic extension. The 44 books reunited now in the Abbey of Silos are dated between 1986 (Book Nr. 90) and 2006 (Book Nr. 999), the year when Silos’ cypress and sequoia show me this path, already existent in the Library. I had dedicated books to other majestic cloistered trees, like the eucalyptus of Yuste (in Nr. 600) or the cedar tree of the cloister of the convent-museum of San Marco, in Florence (Nr. 668), where the great Fra Angelico lived. To other monasteries which, as Silos, are situated in places of a mystic nature, like the Convent of Palancar and the Monastery of San Pedro de Alcántara, in Cáceres (Nr. 601), El Escorial (Nr. 656) or the Monasterio de Piedra in Saragossa (Nr. 807). To the old eremites, who hid in caves (Lluvia negra en tierra de ermitaños, ‘Black Rain in Eremite’s Land’, Hermit of Saint Frutos, Nr. 415) or inside trees (Dendritas, Nr. 562) in search of themselves. The tree is a place of enlightenment not only for the Christian religion, which takes up pagan adoration of vegetation (Árbol precristiano, ‘Pre-Christian Tree’, Nr. 295) in churches constructed near natural sanctuaries, or makes the Virgin appear amidst the foliage of trees (as in the oak of Artziniega, Nr. 922). The East has a long history of meditation on roots and Buddhists venerate the Ficus religiosa under which Shakyamuni found the path to Nirvana (Nr. 740). Incense, which is a decantation of the tree’s essence intended to be consumed in small ritual fires, has been very present in a series I dedicated to this precious substance, used in Asiatic sanctuaries (Nr. 609 and 628), but also to perfume cathedrals, the magnificent temples of Christendom: Notre-Dame (Nr. 355) or Santiago de Compostela (Nr. 632), on whose façade I collected moss.

Moss appears in not few books of the Forest’s Library, probably because of its protective meaning and because seeing it immediately transports us to the wood’s open air. It is one of the most ancient plants of the earth, created for a time not human: It grows very slowly and has a very long life. Even when pulled out, it remains green for long years, as I could observe in my books. In our country there are more than a thousand different species of bryophytes – the botanic family which includes mosses, hepatics and anthocerotes – and they appear in almost every region. I have mainly used two of them: The most abundant, Leucobryum glaucum (from the Greek, leuco= white and bryon = moss), that forms pad-like masses, and Antitrichia curipendula, whose presence indicates fog and pure air, and which was used to fill mattresses in the Middle Ages.

Moss symbolizes protection and stern silence. The peace of the sanctuary. Its thick and compact mantle creates the conditions for understanding the essence. Black moss sublimates, it transmutes in the alchemic sense; it is invocation and song. Let us dive into the depths of the black moss.

Sometimes the sacred space is wider, like the Tai-Shan Mountain, a Taoist sanctuary (Nr. 712), Peña Bernal in Querétaro (Mexico, Nr. 926) or our Galician forests of the Riveira Sacra (Nr. 734). But nature also has its evil sanctuaries, where negative forces, as intense as the positives, are concentrated. I have found the demonic and its symbols in the hideouts of snakes (Nr. 642), in hallucinogenic plants like Datura (Nr. 376), in the meadow of Zugarramurdi, where witches’ Sabbath was once celebrated (Nr. 969), in the figure of a fallen angel transformed into a gigantic pine needle (Nr. 489), or in the 666 (it is the number of the book) of the Roman catacombs of Saint Callixtus.

I spent three June nights of this year in the Abbey of Silos, an ancient spiritual centre of long history and great quietness. In 2005 I already created a book about the great sequoia of the outer court (Nr. 967). On this occasion, I gained access to the centenary cypress – Clemente Serna, the abbot, offered its seeds to me – to the orchard and from there to the Demanda Sierra, its Sabinas trees, its the hermitages and the abandoned monastery of San Pedro de Arlanza (with its huge cloistered tree, a Spanish fir). With all the collected materials I have worked on a key moment of my Library: I reached number 1000, a dramatic and sanguine book, which could be associated with Christian millennialism, and where I used a fragment of ancient oak from the medieval necropolis of Cuyacabras. Silos’ cloister is one of those spaces where nature and religion unite. I dedicated two books to it: Nr. 996, Claustro para Psilocybe cubensis (‘Cloister for Psilocibe cubensis’ and Nr. 999,Semillas silensis (‘The Seeds of Silence’).

I want to thank Silos’ abbot and monks for their welcome and Ana Martínez de Aguilar for her immediate support of this project. And I have to mention two great naturalists who spent their days in this place. The first is Isidro Saracha (1723-1803), in charge of the garden of medicinal plants and apothecary of the abbey, who had contact with the most advanced Spanish and foreign apothecaries, collaborated with the Botanical Gardens of Madrid and who will be forever remembered for having given his name to American plants like Saracha acutifolia, Saracha contorta, Saracha herrerae, Saracha jaltomataand Saracha procumbens. The second one is Saturio González, who also catalogued new plants, stuffed birds and passed some time in the alpine biological station of Ventorrillo, near the Puerto de Navacerrada, at the beginning of the 20thcentury. In my woods.

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