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MIGUEL ANGEL BLANCO |
BIBLIOTECA DEL BOSQUE |
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FLOR DE NIEVE NEGRA |
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DIPUTACIÓN DE HUESCA. 1998 |
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Libro nº 437 |
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EL PINO DE LAS TRES CRUCES |
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Agosto de 1991. 157 x 258 x 46 mm |
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6 páginas de papel vegetal pintadas con barniz |
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Caja con resina, fragmento del Pino de las Tres Cruces |
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Libro nº 502 |
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ACÍCULAS CELTAS |
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1.11.1992. 176 x 264 x 44 mm |
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6 páginas de papel de Nepal con estampación de sellos de hojas de pino |
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Caja con raíz de alcornoque, piedra, acículas del castro de Citania de Briteiros (Portugal) y círculo de madera quemada sobre cera |
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Libro nº 583 |
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LAS RAÍCES DEL CIELO |
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25.8.1994. 395 x 592 x 30 mm |
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2 páginas de papel de yute resinado |
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Caja con raíces de pino y resina |
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Libro nº 667 |
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Libro nº 669 |
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CERES |
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21.5.1997. 134 x 309 x 30 mm |
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4 páginas de papel de grabado con gofrados de avena y cebada |
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Caja con espigas de avena y cebada de Aguilar de Campoo y pintura blanca |
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Libro nº 671 |
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CHOPERA BLANCA |
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11.6.1997. 430 x 641 x 65 mm |
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2 páginas de papel de grabado con gofrado de ramas de chopo y 2 páginas de papel vegetal con hebras con auras blancas de chopo |
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Caja con cortezas y semillas lanosas de chopo y pintura blanca |
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Libro nº 675 |
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OPIOS |
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8.7.1997. 492 x 492 x 34 |
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2 páginas de papel de kozo grueso con huellas y auras de amapolas blancas |
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Caja con 39 cazoletas de opio toledano sobre cera |
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Libro nº 697 |
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ROTACIÓN EN EL PINO DEL ARENAL |
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7.1.1998. 300 x 421 x 28 mm |
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2 páginas de papel francés de paja hecho a mano con aurografías de escamas de piña |
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Caja con espiral de 106 escamas y dos semillas de Pinus Pinea sobre arena de río |
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Libro nº 698 |
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CORO |
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31.1.1998. 300 x 300 x 66 mm |
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2 páginas de papel verjurado azul y 2 páginas de papel de algodón imitación Amate con aurografías y xilografías |
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Caja con setas de cornisa (Coriolus Verdicolor), rotulador y cera verde |
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Libro nº 700 |
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NIEVE A TRAVÉS DE ALAS DE LIBÉLULA |
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2.2.1998. 68 x 273 x 23 mm |
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6 páginas de papel reciclado con tinta china y nieve derretida |
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Caja con tres alas de libélula y sílice |
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Libro nº 401 |
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FLOR DE NIEVE NEGRA |
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1990. 115 x 207 x 18 mm |
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2 páginas de papel de calco y 2 de lienzo |
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Caja con edelweis procedente de Benasque, Huesca |
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UNA ESCRITURA DE LA NATURALEZA |
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JAVIER MADERUELO |
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Las obras de Miguel Ángel Blanco tratan sobre un tema único: la naturaleza. La manera de entender la naturaleza y los conocimientos que el artista posee sobre ella no son de índole teórica, sino que tienen un origen empírico basado en el hecho de que Miguel Ángel Blanco trabaja “sobre”, “en” y “con” la naturaleza. Sin embargo, su relación con ella no es instrumental, no es un artista que simplemente se sirve de elementos o formas naturales, sino que a través de su trabajo establece unos fuertes lazos con la naturaleza, que podríamos calificar de espirituales. Por lo tanto, para él la naturaleza no es una idea filosófica, un paradigma científico o una entelequia del cono cimiento, sino algo que emana del medio físico, del lugar en el cual habita, al cual, como persona y como artista, pertenece. HUIR DE LA CIUDAD Hay que empezar por aclarar que el lugar en el que habita Miguel Ángel Blanco, al contrario del que ocupamos la mayoría de los europeos, no es urbano. La circunstancia de haber elegido vivir, desde muy joven, al borde de un inmenso pinar en el hermosísimo valle de la Fuenfría ha determinado, sin duda, su idea de la naturaleza como medio en el cual él se halla inmerso. Elegir como entorno vital el campo y no la ciudad, al final del siglo, cuando la mayor parte de la población europea es totalmente urbana, significa tomar una decisión trascendente que, sin duda, ha generado una serie de pautas de conducta personal que acaban reflejándose en la obra y la dotan de un carácter determinante. El arte, como expresión de la habilidad técnica del hombre, de su capacidad para generar artificios, surgió en el ámbito urbano. Así, el artesano y el artista, frente al agricultor, el leñador y el pescador, son personajes urbanos cuyo trabajo tiene sentido en la ciudad, en la que se produce y merca la obra. Desde el Renacimiento, manifestaciones artísticas como la arquitectura, el teatro, la escultura y la pintura recrean las imágenes, las costumbres y los dramas de la sociedad urbana, de la vida civil. El jardín como construcción arquitectónica, el poema bucólico como narración pastoril, el paisaje como género pictórico, y, a veces, la sátira como representación escénica, parecen negar este anunciado carácter urbano del arte occidental. Estas manifestaciones artísticas se centran en la recreación de escenarios y acciones campestres, pero, tanto el jardín más paisajista como el cuadro que recrea de la forma más naturalista el rincón de la campiña no pasan de ser representaciones que evidencian cierta ansiedad de la sociedad occidental. Esa ansiedad generó la idea de la recuperación de un “paraíso perdido” que los espíritus románticos recrearon con el fin de aliviarse del sofoco que provocaban las convenciones sociales surgidas e n el artificioso medio urbano. Cuando Virgilio, tras abandonar la milicia y establecerse en el campo, escribe las Bucólicas recreando un escenario pastoril, no hace más que añorar lo que hubiera podido o debido ser una auténtica vida en el campo, que nunca tuvo, una vida en contacto con una naturaleza que ya era imposible en el siglo primero de nuestra era, porque el campo en el que se instala Virgilio está dividido en parcelas y polucionado por las acciones y los artificios de hombres urbanos, como él, que han impuesto un orden aprendido en la milicia a la naturaleza para dominarla. Cuando, veinte siglos después, Miguel Ángel Blanco vuelve al bosque para habitar en él no lo hace con la añoranza de los virgilianos o de los románticos ni con la arrogancia de los conquistadores de territorios desconocidos sino que penetra en el bosque con la confianza de quien se encuentra en su casa. La bulliciosa ciudad actual ha dejado una enorme huella en las diferentes tendencias del arte contemporáneo. En las obras de arte de este siglo se puede apreciar, entre otros rasgos, la influencia del ritmo frenético impuesto por la locomoción, la artificiosidad de un colorido surgido de la iluminación eléctrica, la tensión de ciertas composiciones equiparable al desquicio de las masas humanas que se aglomeran en los focos de atracción urbana. Por eso, elegir el campo como lugar de residencia, reflexión y trabajo supone intentar adoptar otro ritmo existencial y mirar con otra luz, aceptando depender directamente de fenómenos como el paso gradual de las estaciones, el trascurso diario del sol y la luna, la musicalidad del discurrir de los arroyos o la agresividad de una topografía que ha sido determinada por movimientos telúricos. En pocas palabras, elegir el campo como forma de vida supone intentar bucear en los orígenes de una vida en la naturaleza y renunciar a lo logros histéricos de la civilización. La idea de la necesidad de volver al seno de la naturaleza porque la civilización había corrompido al hombre fue enunciada por Jean-Jacques Rousseau en 1750 en su célebre ensayo titulado Discurso sobre las Artes y las Ciencias. Uno de los muchos seguidores de Rousseau, Henry David Thoreau, tras proclamar la desobediencia civil al Gobierno de los Estados Unidos, fue capaz de realizar el gesto heroico de retirarse de la civilización, abandonando la ciudad de Concord, para irse a vivir a una primitiva cabaña que él mismo se construyó en las orillas del lago Walden. En ese buscado retiro, escribió sus experiencias antiurbanas en el célebre libro titulado Walden, o mi vida en los bosques, publicado en 1854. Las páginas de este libro muestran un gozo por la contemplación de la naturaleza, que es reclamado por Thoreau como un derecho. En este sentido, estas experiencias pueden ser apuntadas como una de las claves para acercarse al pensamiento y al trabajo estético de Miguel Ángel Blanco. Pero no todo en el medio forestal es placentero y sosegado. La naturaleza se está transformando constantemente y lo hace, en muchos casos, de forma traumática, provocando catástrofes, unas veces pequeñas, como el desmoronamiento de la boca de un hormiguero, otras grandes, como un vendaval, la erupción de un volcán, una inundación o un incendio, fenómenos capaces de asolar vastas regiones. Esto también pudo comprenderlo Thoreau, que murió en 1862 como consecuencia de una tuberculosis provocada por las condiciones en las que vivió en su cabaña del bosque. Efectivamente, Miguel Ángel Blanco no va a realizar un arte proselitista o de un ecologismo ramplón, narrando las ensoñadoras maravillas del bosque virginal o el dulce canto de los franciscanos pajarillos, sino que observará con cautela y respeto una naturaleza que tras una faz de belleza idílica ofrece aspectos que pueden ser también desoladores. Al artista, como al científico, no le está permitido criticar as acciones de la naturaleza, sólo analizarlas y comentarlas. EL CAMINANTE SOLITARIO De entrada, surge, creo yo, una primera pregunta: ¿qué tipo de arte es éste que practica Miguel Ángel Blanco? O ¿a qué genero pertenece? Con frecuencia, cuando empleamos en término Land art solemos recordar las cautivadoras imágenes que aparecen publicadas en los libros y revista, aquellos enormes earthworks construidos en los desiertos americanos durante los años 70. Para muchos, Land art se identifica con esos trabajos en los que se han trazado líneas de varios kilómetros, se han terraplenado laderas o se han construido enormes masas de hormigón, pero, a pesar de que ese tipo de obras ha sido tipificado como Land art por la crítica, no constituyen más que un apéndice de una sensibilidad artística que se caracteriza, por el contrario, por un enorme respeto hacia la naturaleza y sus elementos y por una idealización de sus procesos. Los artistas británicos, y en general los europeos, que trabajan dentro del ámbito del Land art se han caracterizado por desarrollar este tipo de sensibilidad. Ellos realizan obras que no suelen comprometer la fisonomía del paisaje y cuyo sentido es tomar conciencia de él y de sus cualidades físicas y emotivas. Pasean por la naturaleza y actúan sobre el lugar sin apenas alterar sus elementos. Su trabajo consiste en observar el medio por el que caminan y en tomar algunas muestras, como piedras, palos, hojas o barro, cuando no unas simples fotografías, como hacen Hamish Fulton o Richard Long, elementos que sirven como testimonio de su presencia en la naturaleza. Al igual que Long y Fulton, Miguel Ángel Blanco también es un artista que camina, un artista que extrae del acto de caminar la esencia de su obra. Pero Miguel Ángel Blanco no toma fotografías como Fulton o reordena elementos en el paisaje como Long, él recoge pequeñas muestras que busca y encuentra, infinitésimos despojos de los procesos de la naturaleza, como hojas, fragmentos de corteza, semillas, exudaciones de resina, restos de vendavales, setas, pequeñas piedras... y con ellos escribe libros sobre la naturaleza hasta completar una biblioteca que consta ya de más de 700 volúmenes. Estos libros constituyen, ciertamente, un "arte del campo" que enlaza con lo mejor de lo que, tal vez impropiamente, pero sin ninguna duda, constituye el Land art europeo. FENOMENOLOGIA DEL BOSQUE El pinar de la Fuenfría o los bosques gallegos del Valle de la Mahia (donde ahora reside) no son sólo los lugares ideales que ha encontrado Miguel Ángel Blanco para vivir y desarrollar su trabajo sino que constituyen también una inagotable fuente de temas y de elementos creativos. Si se observa con una mínima atención el medio forestal nos daremos cuenta inmediatamente de que en él se puede encontrar una inagotable cantidad de especies botánicas y animales, una enorme variedad de piedras y rocas, con formas, texturas y colores sorprendentes, y sobre todo, que en él suceden fenómenos simples y complejos que van desde la caída de una piña al fluir misterioso de las aguas, desde la lenta formación de las cordilleras a la polinización de las plantas con la ayuda de los insectos. De la misma manera que se suele ilustrar metafóricamente cómo la caída de una manzana despertó la curiosidad investigadora de Isaac Newton, la caída de una piña podría servirnos para ilustrar de qué manera el joven Miguel Ángel Blanco comenzó a interesarse por la fenomenología del bosque, interpretándola en términos estéticos. Ciertamente, un aliento muy distinto va a animar el pensamiento científico de Newton y las acciones artísticas de Miguel Ángel Blanco y, sin embargo, ambas determinaciones van a tener un mismo fin: comprender la naturaleza, mostrando, a través de una formulación, sus fenómenos. Si la formulación newtoniana puede ser calificada de física, la de Miguel Ángel Blanco lo será de psíquica, ya que, mientras que la primera atiende a las evidencias mecánicas de la atracción gravitatoria, la segunda pretende mostrar lo que hay de anímico y emocional en ciertos fenómenos de la naturaleza que el artista ha vivido. Pero no deseo ahora enredarme en la casuística psicológica del arte sino, por el contrario, lo que deseo es señalar lo que hay de formulación en el trabajo de Miguel Ángel Blanco, lo que hay en su obra de escritura, de conjunto de signos organizados por medio de estructuras simbólicas. Además de una enorme variedad de elementos naturales, en las obras de Blanco encontramos imágenes gráficas que han sido dibujadas, teñidas, pintadas o grabadas pero, que en rigor, estas obras no pueden ser calificadas de pinturas o dibujos convencionales y, aunque utiliza clara y sabiamente las técnicas de estampación, las obras en las que han sido empleadas estas técnicas no son sólo grabados. Por otra parte, estas obras están construidas con objetos que han sido compuestos y ensamblados, con elementos sólidos y tridimensionales que ocupan un lugar en el espacio y sin embargo, no pueden ser tampoco calificadas estrictamente como esculturas. ¿Qué son? Tal vez, el término que mejor define la ontología de sus obras es la palabra libro y la manera de nombrar el conjunto de su trabajo se ajusta perfectamente al término biblioteca. Los términos libro y biblioteca no son empleados aquí como metáforas sino que atañen a la identidad de las obras y nombran con propiedad lo que estos objetos son física y conceptualmente. LA ESCRITURA NATURAL La idea de que las obras de un artista plástico son libros nos induce a formular algunas nuevas cuestiones: ¿qué tipo de escritura es ésta? ¿cuál es su gramática y formulación? Estas obras son, indudablemente, libros, y lo son no sólo por las similitudes de su apariencia externa, de la forma de sus volúmenes, de que estén conformados con tapas y hojas que se suceden y permiten ser pasadas. La apariencia de libro que tienen, sin embargo, es necesaria para que el espectador o, mejor, el lector de estas obras comprenda inmediatamente que son, en realidad, auténticos libros. Pero conseguir la apariencia de libro no es un fin en sí mismo. Todo libro tiene como objeto narrar un relato y en este sentido es en el que se puede, con toda propiedad , denominar a estos volúmenes libros. Pero si la esencia de un libro es narrar, ¿qué cuentan o qué relatan estos libros? Muchos sentidos podemos atribuir a su escritura. El primero de ellos tal vez sea el intentar poner orden a la variedad de elementos, seres vivos y fenómenos que forman ese conjunto heterogéneo que, para simplificar, denominamos naturaleza. Éste es el sentido primigenio de la escritura, el de ordenar hechos e ideas con signos grabados. Con afán casi taxonómico, como un Adán contemporáneo, Miguel Ángel Blanco ha ido nombrando cada rama, cada trozo de corteza, cada acícula, cada gota de resina en diferentes libros que, de forma sistemática, ha dedicado a los bosques y forestas, tanto del pinar de la Fuenfría como de los más recónditos lugares. Pero, al contrario que Linneo, que pretendió una catalogación universal, ordenada en especies y géneros, según los órganos reproductores de animales y plantas, Miguel Ángel Blanco ordena estas muestras de una manera que le resultará caprichosa al naturalista. No podría ser de otra manera. La diferencia entre el conocimiento de la ciencia y el que proporciona el arte estriba en esos matices de orden, en esas diferencias clasificatorias. El orden que sigue Miguel Ángel Blanco en la confección de sus libros es poético, vivencial, emocional. En las páginas grabadas y en los recintos encajonados de estos libros se cuentan auténticas historias del bosque, se narran epopeyas meteorológicas, como vendavales o eclosiones primaverales, se constatan desastres, como incendios o sequías, y se cantan también los frutos de la foresta. Miguel Ángel Blanco escribe esta historia natural en un lenguaje cuyos códigos no vienen dictados por las convenciones del abecedario y la gramática sino que son impuestos por la propia naturaleza. En toda escritura jeroglífica, el signo sustituye al objeto, siendo el objeto representado por el signo. Sin embargo, en la escritura utilizada en los libros de la biblioteca del bosque los objetos son representados por sí mismos pero, al ser la corteza del alcornoque representada por un fragmento de corcho, ese trozo deja de ser fragmento concreto para convertirse en elemento de un sistema sígnico de escritura, para transmutarse en un signo que representa, sucesivamente y por extensión, a todos los corchos, todas las cortezas, todos los alcornoques, todos los árboles, todo el bosque, toda la naturaleza... Efectivamente, toda la naturaleza se encuentra encerrada en la escritura de cada uno de estos libros. Esta escritura hermética, capaz de acumular y transmitir saberes personales sobre los eternos misterios de la naturaleza, nos pone en relación con cierto respeto religioso, con ciertos ritos privados que el artista necesita cumplir para formular su discurso y ejecutar su obra. El bosque lo forman una serie de ídolos que, por su porte, su presencia física o su magnificencia, reclaman un respeto al caminante. Una escarpada roca o un árbol centenario son algo más que un simple hito de referencia, son los monumentos que expresan el poder de la naturaleza. Pero, muchas veces, ese árbol imponente, esa roca característica o ese arroyo proceloso tienen un nombre, una identidad concreta que han conseguido ganar por su carácter de ídolos, entonces se los saluda como lo que son, como los auténticos señores del lugar. Pero además, el bosque, lugar sagrado para las primitivas culturas, es morada en la que habitan unos espíritus tutelares a los que tanto el leñador como el artista deben respetar si desean realizar sus respectivos trabajos. Los monumentos naturales y los espíritus del bosque reclaman unos derechos al visitante de la foresta que se plasman en una liturgia reverencial que no sólo atañe a la manera de penetrar en el bosque y de recorrerlo, acciones que hay que realizar con respeto y admiración, sino, y sobre todo, que obliga a quienes han entrado con intención de tomar algunos de sus elementos, de recoger sus restos, de arrancar las hojas, de cortar las ramas o, simplemente, de mover una piedra del suelo. A través de estos rituales, el artista aprende a estar atento, a escuchar los ecos de la caída de las piñas, a oír el viento correr entre las ramas, a seguir el fluir del agua en los arroyos, actos necesarios para poder escribir esta historia con los propios signos que la naturaleza ofrece, a través de las cortezas de los árboles, las acículas de los pinos, la resina de los troncos, las setas que levantan la hojarasca del suelo, el musgo que se adhiere a las rocas o el polen que tapiza el suelo.
Los
libros que ahora presentamos son cuadernos de bitácora de esta travesía
ritual, son diarios de viajero, de andarín que recorre los parajes, que
observa la naturaleza y transmite, en un lenguaje emocional, estas
sensaciones al público que quiera contemplar las obras. NATURE'S WRITING
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