| SANTUARIOS NATURALES
MIGUEL ÁNGEL BLANCO
Esta exposición
dibuja un recorrido, invisible y silencioso, que se ramifica en el
tiempo y en el espacio, por distintos lugares sagrados vinculados a la
naturaleza. En unos casos, el emplazamiento natural convertido en
santuario era (es) ya sagrado de por sí, por las fuerzas telúricas que
allí se manifiestan; en otros, lo natural ha penetrado en el recinto
sacro, a menudo en forma de árbol, y se ha vinculado estrechamente a su
imagen, a sus ritos o a su significado.
La senda de
meditación que imagino entre todos estos lugares que he visitado se
convierte en una peregrinación creativa en la que desarrollo nuevas
liturgias naturales. He buscado en cada punto los elementos que
pudieran transmitir la energía espiritual y la energía botánica, que
son una, que emanaba del espacio sagrado. Esos elementos se han
integrado en las páginas y las cajas de los libros -epifenómenos de
acontecimientos- de mi Biblioteca del Bosque, un proyecto vital que se
origina en invierno de 1985 y que es una exploración artística al poder
de la naturaleza, en todos sus reinos, en toda su fenomenología y en
toda su extensión geográfica y simbólica. Los 44 libros que ahora se
reúnen en la abadía de Silos están fechados entre 1986 (libro nº 90) y
2006 (libro nº 999), año en que el ciprés y la sequoia de Silos me
señalan este itinerario que ya existía en la Biblioteca. Había dedicado
libros a otros majestuosos árboles enclaustrados, como el eucalipto de
Yuste (en el nº 600) o el cedro del claustro del convento-museo de San
Marcos, en Florencia (nº 668), donde vivió el gran Fray Angelico. A
otros monasterios que, como Silos, se ubican en parajes de naturaleza
mística, como el convento del Palancar y el monasterio de San Pedro de
Alcántara en Cáceres (nº 601), El Escorial (nº 656) o el monasterio de
Piedra en Zaragoza (nº 807). A los antiguos eremitas, que se
escondieron, para buscarse, en cuevas (Lluvia negra en tierra
de ermitaños, ermita de San Frutos, nº 415) o en el interior
de los árboles (Dendritas, nº 562). Pero el árbol
es lugar de iluminación no sólo para la religión cristiana, que retoma
la adoración pagana de lo vegetal (el árbol precristiano, nº
295) en las iglesias construidas junto a santuarios naturales, o que
hace aparecer a la Virgen en las copas de los árboles (como en la
encina de Artziniega, nº 922); Oriente tiene una larga historia de
meditación sobre las raíces, y los budistas reverencian el Ficus
religiosa bajo el que Sakyamuni vio el camino al nirvana (nº
740). El incienso, que es una decantación de las esencias del árbol,
destinado a ser consumido en pequeños incendios rituales, ha estado muy
presente en una serie que dediqué a esta preciosa sustancia, utilizada
en los santuarios asiáticos (nº 609, 628), pero también para perfumar
las catedrales, los grandiosos templos de la cristiandad: Nôtre-Dame
(nº 355) o Santiago de Compostela (nº 632), de cuya fachada recogí
musgos.
El musgo aparece en
no pocos libros de la Biblioteca del Bosque, probablemente por su su
significado protector y porque su visión nos traslada de inmediato a la
intemperie boscosa. Es una de las plantas terrestres más antiguas,
creada para una temporalidad que no es la humana: crece muy lentamente
y su vida es muy larga. Incluso cuando es arrancado de su habitat
conserva su verdor durante largos años, como he podido comprobar en mis
libros. Hay en nuestro país más de mil especies de briofitos -la
familia botánica que incluye a los musgos, las hepáticas y las
antocerortas- y se encuentran en casi todas las regiones. He utilizado
sobre todo dos de ellas: la más abundante, el Leucobryum
glaucum (cuyo nombre genérico, procedente del griego,
significa leuco=blanco bryon=musgo),
que forma masas pulvinulares (en forma de almohadilla), y el Antitrichia
curipendula, cuya presencia implica la existencia de nieblas
y aire puro y que en la Edad Media se usaba para llenar colchones, se
dormía sobre él.
El musgo representa
la protección y el silencio grave. La paz del santuario. Su manto
grueso y compacto crea las condiciones para comprender la esencia. El
musgo negro sublima, transmuta en sentido alquímico; es invocación y
cántico. Sumerjámonos en las profundidades del musgo negro.
En
ocasiones, el
recinto sagrado es más amplio, como la montaña de Tai-Shan, santuario
taoista (nº 712), la Peña Bernal, en Querétaro (México, nº 926), o
nuestros bosques gallegos de la Riveira Sacra (nº 734). Pero la
naturaleza tiene también sus santuarios malignos, donde se concentran
las fuerzas negativas, tan intensas como las positivas. He encontrado
lo demoníaco y sus símbolos en las guaridas de las serpientes (nº 642),
en las plantas alucinógenas como la datura (nº 376), en el prado de
Zugarramurdi donde se celebraban los aquelarres (nº 969), en la figura
del ángel caído, mutado en gigantesca acícula (nº 489), o en el 666 (es
el número de ese libro) de las catacumbas romanas de San Calixto.
En
la abadía de
Silos, antiguo centro de espiritualidad cargado de su larga historia y
de la quietud de su territorio, pasé tres noches en junio de este año.
En 2005 ya había hecho un libro sobre la gran sequoia del patio
exterior (nº 967), y ahora pude acceder al ciprés centenario -cuyas
semillas me ofreció el abad, Clemente Serna-, a sus huertos y, desde
allí, a la sierra de la Demanda, a sus bosques de sabinas, a sus
eremitorios y al monasterio abandonado de San Pedro de Arlanza (con su
enorme árbol enclaustrado, un pinsapo). Con todos los materiales
recogidos he trabajado en un momento clave en mi Biblioteca: alcanzar
el número 1000, un libro sanguíneo y dramático que se podría asociar
con el milenarismo cristiano, en el que interviene un fragmento de
roble antiguo de la necrópolis medieval de Cuyacabras. El claustro de
Silos es uno de esos espacios en los que naturaleza y culto se
fusionan, y a él he dedicado dos libros: el 996, Claustro
para Psilocybe cubensis, y el 999, Semillas
silensis.
Quisiera agradecer
al abad y a los monjes de Silos su acogida y a Ana Martínez de Aguilar
su inmediato apoyo a este proyecto. Y no puedo dejar de mencionar a dos
grandes naturalistas que pasaron sus días en este recinto. El primero
es Isidro Saracha (1723-1803), encargado del huerto medicinal y
boticario de la abadía, que se relacionó con los más adelantados
botánicos españoles y extranjeros, colaborador con el Jardín Botánico
de Madrid y recordado para siempre por haber dado su nombre a plantas
americanas como Saracha acutifolia, Saracha contorta, Saracha
herrerae, Saracha jaltomata y Saracha procumbens.
El segundo es Saturio González, que catalogó también nuevas plantas,
fue disecador de aves y pasó una temporada en la estación alpina de
biología en el Ventorrillo, junto al Puerto de Navacerrada, a
principios del siglo XX. En mis bosques.
NATURAL
SANCTUARIES
This exhibition outlines an invisible and silent route, which branches
out
in time and space along different sacred spaces linked to nature. In
some cases, the natural site turned into a sanctuary was (is) sacred
in itself because of the telluric power there manifested; in other
cases, nature has entered the sacred space, often in form of a tree,
and has become intimately tied to its image, its rites or its
meaning.
The meditative path I imagine among all these places I have visited
turns
into a creative peregrination, in which I develop new natural
liturgies. In each of these places I have searched for elements that
could transmit the spiritual and the botanic energy, one and the
same, emanated by the sacred space. These elements have been
integrated in the pages and boxes of the books – epiphenomena of
events – of my Forest’s Library, a life-project initiated in
winter 1985, which is an artistic exploration of nature’s power in
all its realms, in all its phenomenology and in all its geographic
and symbolic extension. The 44 books reunited now in the Abbey of
Silos are dated between 1986 (Book Nr. 90) and 2006 (Book Nr. 999),
the year when Silos’ cypress and sequoia show me this path, already
existent in the Library. I had dedicated books to other majestic
cloistered trees, like the eucalyptus of Yuste (in Nr. 600) or the
cedar tree of the cloister of the convent-museum of San Marco, in
Florence (Nr. 668), where the great Fra Angelico lived. To other
monasteries which, as Silos, are situated in places of a mystic
nature, like the Convent of Palancar and the Monastery of San Pedro
de Alcántara, in Cáceres (Nr. 601), El Escorial (Nr.
656) or the Monasterio de Piedra in Saragossa (Nr. 807). To the old
eremites, who hid in caves (Lluvia
negra en
tierra de ermitaños,
‘Black Rain in
Eremite’s Land’, Hermit of Saint Frutos, Nr. 415) or inside trees
(Dendritas, Nr. 562) in search of themselves. The
tree is a
place of enlightenment not
only for the Christian religion, which takes up pagan adoration of
vegetation (Árbol
precristiano,
‘Pre-Christian Tree’, Nr. 295) in churches constructed near
natural sanctuaries, or makes the Virgin appear amidst the foliage of
trees (as in the oak of Artziniega, Nr. 922). The East has a long
history of meditation on roots and Buddhists venerate the Ficus
religiosa under
which Shakyamuni found the
path to Nirvana (Nr. 740). Incense, which is a decantation of the
tree’s essence intended to be consumed in small ritual fires, has
been very present in a series I dedicated to this precious substance,
used in Asiatic sanctuaries (Nr. 609 and 628), but also to perfume
cathedrals, the magnificent temples of Christendom: Notre-Dame (Nr.
355) or Santiago de Compostela (Nr. 632), on whose façade I
collected moss.
Moss appears
in not few books of the Forest’s Library, probably because of its
protective meaning and because seeing it immediately transports us to
the wood’s open air. It is one of the most ancient plants of the
earth, created for a time not human: It grows very slowly and has a
very long life. Even when pulled out, it remains green for long
years, as I could observe in my books. In our country there are more
than a thousand different species of bryophytes
– the botanic family
which includes mosses,
hepatics and anthocerotes – and they appear in almost every region.
I have mainly used two of them: The most abundant, Leucobryum
glaucum (from the Greek, leuco= white and
bryon
= moss), that forms pad-like masses, and Antitrichia
curipendula, whose
presence indicates fog and
pure air, and which was used to fill mattresses in the Middle Ages.
Moss symbolizes protection and stern silence. The peace of the
sanctuary.
Its thick and compact mantle creates the conditions for understanding
the essence. Black moss sublimates, it transmutes in the alchemic
sense; it is invocation and song. Let us dive into the depths of the
black moss.
Sometimes
the sacred space is wider, like the Tai-Shan Mountain, a Taoist
sanctuary (Nr. 712), Peña Bernal in Querétaro (Mexico,
Nr. 926) or our Galician forests of the Riveira Sacra (Nr. 734). But
nature also has its evil sanctuaries, where negative forces, as
intense as the positives, are concentrated. I have found the demonic
and its symbols in the hideouts of snakes (Nr. 642), in
hallucinogenic plants like Datura
(Nr. 376), in the meadow of Zugarramurdi, where witches’ Sabbath
was once celebrated (Nr. 969), in the figure of a fallen angel
transformed into a gigantic pine needle (Nr. 489), or in the 666 (it
is the number of the book) of the Roman catacombs of Saint Callixtus.
I spent
three June nights of this year in the Abbey of Silos, an ancient
spiritual centre of long history and great quietness. In 2005 I
already created a book about the great sequoia of the outer court
(Nr. 967). On this occasion, I gained access to the centenary cypress
– Clemente Serna, the abbot, offered its seeds to me – to the
orchard and from there to the Demanda Sierra, its Sabinas trees, its
the hermitages and the abandoned monastery of San Pedro de Arlanza
(with its huge cloistered tree, a Spanish fir). With all the
collected materials I have worked on a key moment of my Library: I
reached number 1000, a dramatic and sanguine book, which could be
associated with Christian millennialism, and where I used a fragment
of ancient oak from the medieval necropolis of Cuyacabras. Silos’
cloister is one of those spaces where nature and religion unite. I
dedicated two books to it: Nr. 996, Claustro
para Psilocybe cubensis
(‘Cloister for
Psilocibe cubensis’
and Nr. 999, Semillas
silensis (‘The
Seeds of Silence’).
I want to thank Silos’ abbot and monks for their welcome and Ana
Martínez
de Aguilar for her immediate support of this project. And I have to
mention two great naturalists who spent their days in this place. The
first is Isidro Saracha (1723-1803), in charge of the garden of
medicinal plants and apothecary of the abbey, who had contact with
the most advanced Spanish and foreign apothecaries, collaborated with
the Botanical Gardens of Madrid and who will be forever remembered
for having given his name to American plants like Saracha
acutifolia, Saracha contorta, Saracha herrerae, Saracha jaltomata and
Saracha procumbens.
The second one is Saturio González, who also catalogued new
plants, stuffed birds and passed some time in the alpine biological
station of Ventorrillo, near the Puerto de Navacerrada, at the
beginning of the 20th
century. In my woods.
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