MIGUEL ANGEL BLANCO

BIBLIOTECA DEL BOSQUE

 

PIEDRAS MENSAJERAS

GALERÍA MARÍA MARTÍN Y GALERÍA LA CAJA NEGRA. MADRID. ABRIL DE 2000

 


 

 

 

 

 

 

 


 

 

Libro nº 741

EL ANILLO DEL MESTO

11.3.1999. 400 x 600 x 55 mm

4 páginas con estampación digital sobre papel verjurado

Caja con arcilla roja de Tomelloso, líquenes y musgos de Cercedilla, cortezas del mesto de las Tres Tetas, Peña Aguilera, Montes de Toledo, y cristal de cuarzo ahumado

 

 

 


 

 

Libro nº 746

PIEDRAS MENSAJERAS

20.4.1999. 400 x 600 x 53

6 páginas de papel reciclado con contactos de agua y estampación digital

caja con líquenes y musgos del Valle de la Fuenfría y de Valsaín, 6 piedras de cuarzo blanco y 2 plumas blancas de palomas mensajeras de Brión

 

 

 


 

Libro nº 743

NIGREDO

10.04.1999. 400 x 600 x 54 mm

4 páginas con estampación digital sobre pergamino

Caja con biotita y vellón de oveja del Valle de Alcudia

 

 

 


 

 

Libro nº 771

DATURAS

15.2.2000. 400 x 600 x 40 MM

4 páginas con dibujos de auras sobre papel de fibras de té

Caja con cápsulas semillares de Datura Estramonium, semillas, fibras de amianto, cera y resina

 

 

 


 

 

Libro nº 772

RAÍZ ARDIENTE

18.2.2000. 400 x 600 x 64 mm

4 páginas con dibujos de auras sobre papel de corcho y verjurado negro

caja con cortezas de alcornoque de la Sierra de Casares (Cádiz), minerales de hierro, cristal de cuarzo, raíz, líquenes, carburo de silicio y escorpión de Almería

 

 

 


 

 

Libro nº 773

REGENERACIÓN EN EL MONTE ABANTOS

23.2.2000. 400 x 600 x 35

4 páginas con cenizas y óleo sobre papel reciclado

caja con cenizas del incendio de Abantos, piñas roídas por ardillas, raíces de pino, mineral, cuarzo, fósil de helecho, hierro fundido, escamas de piña y semilla de muérdago

 

 

 

 

 

 

 

LOS PASEOS GERMINALES DE MIGUEL ÁNGEL BLANCO

FERNANDO CASTRO FLÓREZ

 

(ABC Cultural, 20 de mayo de 2000)

 

La nostalgia de la naturaleza, sometida a una destrucción acelerada, ha inspirado algunos de los momentos más radicales del arte de las tres últimas décadas. Si en los bordes complejos del minimalismo apareció un ánimo entrópico que llevó a los artistas a dirigirse a regiones devastadas (las minas, los desiertos, los suburbios industriales) para realizar gestos casi ciclópeos (la espiral, las líneas paralelas, esa doble hendidura, etc.), en Europa la estética del (post)paisaje lleva a una sorprendente revisión del pintoresquismo a partir de una poética del paseo que asume que nuestro continente, en el caso de que realizaran excavaciones, está lleno de historia, esto es, de ruinas y estratos culturales. El trayecto plástico de Miguel Ángel Blanco enlaza con el nomadismo de las esculturas mentales de los artistas británicos contemporáneos, desde una actitud existencial que me atrevo a calificar como auténtica. Sus obras son los restos de una vivencia prolongada en los bosques centenarios de pino silvestre de las laderas de La Peñota y de Siete Picos, que se extienden hasta Valsaín.

He seguido con enorme interés la obra de este artista desde su muestra en la galería Bárcena en 1994 en la que, junto a los hermosos libros, aparecían esculturas de granito con inscripciones geométricas y formas de cristal craqueladas como si fueran resina de pino. En 1998 presentó en la Diputación de Huesca, coincidiendo con los cursos del proyecto Arte y Naturaleza, dirigidos por Javier Maderuelo, una selección extraordinaria de esa Biblioteca. Trozos de el Pino de las Tres Cruces, acículas, escamas de piña, hongos secos, raíces de alcornoque o una flor edelweis estaban protegidos bajo el cristal, dispuestos con una armonía y gusto exquisitos, confrontados con las páginas de papeles artesanales en las que quedaban las marcas de una impresión en la que la referencia era la «naturaleza».

Las obras actuales modulan e intensifican el propósito artístico de Miguel Ángel Blanco, con una geometrización fantástica de los elementos, ya sea en el círculo de líquenes delimitado por trozos de cuarzo con las plumas de palomas mensajeras o en el poderoso libro titulado El anillo del mesto o en el simbolismo primordial de Regeneración del monte de Abantos. Aparecen, como novedad, imágenes fotográficas tratadas digitalmente, como en una búsqueda de concreción o, mejor, de localización en un tiempo de desquiciamiento generalizado. La actitud contemplativa de Blanco termina por ser una línea de resistencia contra el agotamiento estético circundante, ajena a cualquier ingenuismo, capaz de recuperar, sin complejo de culpa, una idea de belleza. Las semillas semihundidas en resina funcionan como metáfora de la capacidad germinal de esta tonalidad plástica, dilatada ahora en las huellas auráticas de las hojas o las ramas. Las serigrafías de El tejo del arroyo del infierno remiten a una noche en la que todavía pueden aparecer signos favorables; la intempestividad de esta especie de panteísmo, la confianza en la energía de la naturaleza adquiere casi dimensión heroica, especialmente cuando estos destellos en la oscuridad, esta paradójica escritura de lo no gramatical, esa retorno del libro a la memoria dañada del bosque, nos apartan del imperio de la banalidad. Los paseos solitarios de Miguel Ángel Blanco, su mirada en la que están mezcladas la melancolía y el éxtasis vital ante la sublimidad del paisaje, quedan sedimentados en obras ejemplares, experiencias de una armonía conmovedora.

 

 

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