Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

Todas las bibliotecas del mañana

Exposición en Koldo Mitxelena Kulturunea, San Sebastián
febrero-junio 2019
Comisario: Jorge Carrión



Aunque acumulen pasado, las bibliotecas son sobre todo futuro. Porque son unos sistemas abiertos de ordenación del mundo que heredamos de nuestros abuelos y legamos a nuestros nietos. Los sistemas más antiguos: los que nos permitieron, después de  los libros, clasificar y leer también los cuadros en los museos o los diarios en las hemerotecas. Aunque en la época de la Biblioteca de Alejandría esos conceptos todavía no existieran, en aquella mítica institución ya estaba el ADN de todas las colecciones ordenadas del mañana.

Etimológicamente, biblioteca significa “estantería donde guardar los libros”. Pero la modernidad ha ido ampliando el sentido de todas las colecciones de objetos y de memoria, para incluir en él a sus respectivas audiencias. Si a mediados del siglo pasado las salas de baile se convirtieron en discotecas, porque la música en vivo cedió su lugar a la música grabada en los discos, en este cambio de siglo el museo de arte ha dejado de ser una mera pinacoteca y las bibliotecas se han convertido en centros sociales, educativos y expositivos.

Después de más de dos milenios de códices y de papel, hemos constatado que los soportes en que archivamos la cultura van cambiando, mientras que permanece la constante que les da sentido. El ser humano y su necesidad de lectura. La transformación de Koldo Mitxelena Kulturunea nos brinda una oportunidad perfecta para pensar esas constantes y esas transformaciones. Para reflexionar, gracias al arte contemporáneo y a las bibliotecas del hoy, del ayer y del mañana, sobre el papel central de la cultura en la sociedad democrática, gracias a esa red internacional y transhistórica de lectores que hemos conectado nuestras bibliotecas personales con las de nuestros barrios y ciudades, asegurando la pervivencia de una idea milenaria tan poderosa que se adapta a cualquier punto de esa otra red que llamamos tiempo. Como dijo Jorge Luis Borges, al mismísimo Universo podríamos llamarlo La Biblioteca.

Desde su nacimiento en 1994, Koldo Mitxelena Kulturunea -que debe su nombre a un importante lingüista de la lengua vasca-, ha sido un agente importantísimo en la cultura de Gipuzkoa. Sus exposiciones, ciclos de conferencias, fonoteca, actividades de difusión de la novela gráfica y otras propuestas multimedia han tenido siempre en su centro una gran biblioteca. Pero, después de casi veinticinco años de servicio ininterrumpido, Koldo Mitxelena Kulturunea se dispone a cerrar temporalmente sus puertas para llevar a cabo un necesario e impostergable proceso de reforma integral.

Cuando reabra se habrá adaptado a las exigencias de la nueva sociedad del siglo XXI, que ha sido radicalmente reformulada por la digitalización de nuestros hábitos de escritura y de lectura. En su centro simbólico seguirá estando el libro en papel, el códice, porque su poder y su patrimonio debe ser reivindicado. Y con los libros estará la historia de la cultura, un pasado que hay que recordar y convertir en presente. Gracias a la arquitectura del edificio, a los espacios de consulta y de estudio y de lectura, a los ámbitos para la familia, a las facilidades de accesibilidad, al diseño y a la señalética los libros tendrán las herramientas necesarias para asegurar su vigencia tanto en el presente como en el futuro.

Como la historia de las ciudades, la de la biblioteca se caracteriza por las actualizaciones y reformulaciones periódicas. Hoy imaginamos la biblioteca de Alejandría como un gran edificio lleno de libros, pero en realidad era un anexo de un palacio con salas de estudio, talleres de traducción, museo y un almacén de rollos de papiro y otros materiales. Con el tiempo los textos fueron ganando protagonismo y espacio. Después llegaron los códices. Y los monasterios. Después, la imprenta. Y las gafas. Mucho más tarde los diarios, las revistas y libros de bolsillo. Y ya en el siglo XX, los cómics o el microfilm. Todos esos cambios tecnológicos comportaron mutaciones conceptuales y, por extensión, transformaciones espaciales. Ninguna gran biblioteca del mundo es ahora igual a como lo fue en el momento de su creación. Ese cambio periódico no sólo es sano, es necesario. Obligatorio.