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MIGUEL ANGEL BLANCO |
BIBLIOTECA DEL BOSQUE |
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VISIONES DEL GUADARRAMA |
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LA CASA ENCENDIDA, MADRID. OCTUBRE 2006 – ENERO 2007 |
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CRÍTICAS
EL CULTURAL. ROCÍO DE LA VILLA
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Carlos de Haes, La Maliciosa Colección particular |
Libro
nº 165 CRECER EN NAVARRULAQUE (TALLER
EN LA MONTAÑA AZUL PARA TRABAJAR PIÑAS) |
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Carlos de Haes, Valle en la Sierra de Guadarrama 1870. Museo del Prado, Madrid |
Libro
nº 511 EN LOS MONTES METÁLICOS
I |
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Martín Rico, Arroyo de la Sierra del Guadarrama Colección particular |
Libro
nº 991 RÍO GUADARRAMA.
CONFLUENCIA |
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Joaquín Sorolla, Tormenta sobre Peñalara, 1907 Museo Sorolla, Madrid |
Libro
nº 424 ECO
INTERIOR, JUNTO A LA LAGUNA DE LOS PÁJAROS (PEÑALARA) |
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Aureliano de Beruete, Los altos de la Fuenfría Museo del Prado, Madrid. |
Libro
nº 948 PINO VIGÍA |
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Martín Rico, Paisaje del Guadarrama Museo del Prado, en Museo San Telmo |
Libro
nº 984 PINO COLLADO VENTOSO |
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Jaime Morera, Guadarrama. Picos de la Najarra h. 1892. Colección particular |
Libro
nº 960 VENAS DE HIELO EN EL PUERTO DE
NAVACERRADA |
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Libro nº 943 ESTACIÓN
CALOCEDRUS |
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Libro nº 950 TEJOS
MILENARIOS DEL BARONDILLO |
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Libro nº 961 SENDA
FUENFRÍA |
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Libro nº 979 EL
TEJO SECRETO DE COTOS |
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Libro nº 987 PEÑA
DEL ARCIPRESTE DE HITA |
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Libro nº 988 ROBLE
DEL ARROYO DEL HORNILLO |
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Libro nº 989 EL
TIRÓN DE LA RAÍZ Y NEVAZO |
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Libro nº 992 PINO
CERRO HORNILLO |
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BAJO EL PINO SOLITARIO |
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MIGUEL ÁNGEL BLANCO
Hay destinos ligados a un lugar, a un paisaje. La cultura contemporánea es fundamentalmente urbana, pero alguna de sus aportaciones más brillantes, o más originales, se han hecho desde la naturaleza. Por lo general, los artistas o los escritores que han hundido sus raíces en la tierra, en un enclave determinado, han mostrado (al menos durante un período de su vida) una necesidad de aislamiento y de concentración. Lo natural ha sido y es sin duda un tema, un argumento para el arte, pero también un fundamento existencial para un tipo de artistas. Cuando la observación, la descripción y el intento de interpretación de un territorio se convierten en algo obsesivo, debemos pensar en una relación que va más allá de la representación del paisaje: la vinculación de Constable a los campos de East Anglia, de Caspar Wolf a los Alpes suizos, de Cézanne a la monaña Sainte-Victoire o de Emily Carr a la Isla de Vancouver, son ejemplos de este tipo de relación vital, en la que el arte es el mediador entre hombre y naturaleza, y una vía de conocimiento mutuo. Yo siento ese lazo con el Valle de la Fuenfría, en la Sierra del Guadarrama. Lo conozco desde los dos años de edad y lo siglo frecuentando hoy. Tengo una deuda personal con él, pues en un momento de incertidumbre busqué en él refugio, en soledad, y me mostró mi camino, dándome además sus sustancias orgánicas y minerales como materiales de trabajo. Allí nació la Biblioteca del Bosque, que es un registro de lo que la naturaleza me ha ofrecido y de lo que yo he ofrecido a la naturaleza durante más de veinte años. Y, en cierto sentido, es un triunfo sobre una encrucijada de vida o muerte, pues el bosque me salvó a mí y yo he impedido cortas hirientes. He vivido quince años en medio de las formas y el secreto del bosque, donde todos los árboles me conocen. La BiBlioteca del Bosque se inició en ese valle el invierno de 1985, entre nieves, resina y niebla. Recientemente, durante la preparación de esta exposición, ha rebasado la cifra de mil ejemplares. Una cifra que confirma que ha llegado el momento de rendir homenaje al Guadarrama, mi territorio, al que pertenezco, y para ello he seleccionado un centenar de libros que están íntimamente ligados a este paisaje, realizados con los elementos que he recogido en sus múltiples parajes. Cimas, arroyos, sendas, laderas empinadas, refugios... son muchos los topónimos que se mencionan en los títulos de estos libros, llenos de topografías íntimas, reelaboradas. Me gustaría creer que mi obra hará del Guadarrama, definitivamente, un “territorio artístico”. Pero soy muy consciente de que no soy el primero que ha sido presa de su fascinación. Tal y como detalla Javier Portús en el excelente texto que se incluye en este catálogo, son muchos los pintores que han seguido la dirección señalada, desde Madrid, por Velázquez. Como artista, apenas he sentido vínculos con otros creadores españoles de mi tiempo, si exceptuamos a Adolfo Schlosser, a quien recuerdo con respeto y afecto y que pasó gran parte de su vida en estas montañas; me siento más cercano a esos otros pintores que atendieron a la llamada de la sierra y que por primera vez se internaron en ella. He convocado un encuentro de artistas de distintos tiempos que confluyen en una naturaleza común. Devotos de un paisaje. He elegido sólo a los que han tenido una vinculación vital con el Guadarrama; a los que han mostrado un entendimiento de su realidad y de su poesía latente, dejando de lado los tópicos; y naturalmente, a los mejores artistas. Son Martín Rico, Carlos de Haes, Jaime Morera, Aureliano de Beruete, Juan Espina y Capó y Joaquín Sorolla. Una línea de artistas que ha marcado la evolución del género paisajístico en España en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX. He buscado, con la inestimable ayuda de Mª Paz Pérez Piñán, sus obras relacionadas con el Guadarrama menos conocidas, algunas en grandes museos y otras en colecciones particulares, que no se han visto en público en mucho tiempo. Creo que sorprenderán a muchos por su libertad y su fuerza expresiva: la aspereza, la grandeza de la montaña tal vez les hizo olvidar las convenciones que se perciben en otro tipo de obras de estos artistas. Éstos fueron los maestros de otros. Seguidores de mucho menor interés. Pero, en los últimos años, algunos artistas se han adentrado en la sierra. Sus aportaciones serían motivo de otra exposición.
REPRESENTAR EL GUADARRAMA
El primer gran artista en el Guadarrama fue Sánchez Cotán. Ya célebre por sus extraordinarios bodegones, ingresó en la orden de la Cartuja en 1603 e hizo su noviciado en el Monasterio de El Paular, en Rascafría, donde se cree permaneció de 1604 a 1612. Los bodegones de Sánchez Cotán, que quedan fuera de esta selección tanto por cronología como por tipología, han sido un referente para mí en cuanto “cajas” que contienen materias vivas, significativamente dispuestas. El monasterio del Paular se sitúa, por otra parte, en un eje de vida espiritual que atraviesa la cadena montañosa hasta el monasterio de El Escorial. Las masas de piedra de ambos conjuntos monumentales marcan hitos históricos y culturales y han sido tradicionalmente puertas de acceso al paisaje serrano. Martín Rico (1833-1908) nació precisamente en El Escorial. A los 22 años, en 1855, antes de que comenzara su periplo internacional, subió a la sierra en la diligencia de Valladolid, hasta el puerto de Guadarrama, donde se alojó durante varios meses en la Venta del León. En España apenas puede hablarse de paisajismo romántico y entre sus escasos pero importantes cultivadores, como Pérez Villaamil, era rara la atención a la naturaleza “real”. Es a mediados de siglo cuando los pintores españoles empiezan a sentir la necesidad de describir lo que ven, y Rico es uno de los primeros, junto a Haes, en avanzar en esa dirección, y lo hace con esta serie de cuadros del Guadarrama. Hizo excursiones por los montes de El Espinar, Peguerinos y El Escorial, tomando apuntes del natural, así como las acuarelas que se reproducen en este catálogo (colección de Claude Rico). Esa inmediatez es evidente en los cuadros que se incluyen aquí, en los que no se centra tanto en parajes reconocibles como en los constituyentes básicos del paisaje del Guadarrama: los sobrios y venerables pinos de las alturas y las corrientes de agua que recorren las laderas y los valles. Muy cerca dell Alto del León, el lugar desde el que recorrió la sierra Martín Rico, se encuentra espacio natural protegido de la Peña del Arcipreste de Hita, donde recogí raros líquenes Umbilicaria hirsuta para hacer el libro nº 987, Peña del Arcipreste de Hita. Pintor decisivo para la pintura de paisaje española, Carlos de Haes (1826-1898) regresa desde Bruselas a España en el mismo año, 1855, en que Rico sube al Alto del León. En Madrid, se instala en un estudio en la calle de San Quintín nº 10, junto a la plaza de Oriente (jardines de Campo Noval), desde la que debía avistar la sierra en la lejanía. Dos años después gana la plaza de catedrático de Paisaje en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde formó un grupo de alumnos que le acompañaban en sus salidas al campo, muchas de las cuales tenían como destino el Guadarrama. Haes fue más allá de los límites de la pintura académica en su identificación con la naturaleza, de cuyo contacto sentía auténtica necesidad, y tal como lo recuerda Jaime Morera, “Ya entrado en años le sucedía lo que al paisajista Charles de la Berge que, enfermo, se hacía traer musgos y ramas de los árboles para vivir del recuerdo de lo que más quería. O lo que a Durero, que también imposibilitado, estudiaba y admiraba las rugosidades de las conchas”. En la exposición, los cuadros de Haes no obedecen a su tipología más habitual, que tiende a lo anecdótico: son “retratos” de La Maliciosa y de los perfiles de la cordillera, representados con austeridad y verdad. Una visión que se contrapone a la que he dado de esta montaña con nombre engañoso en los libros que le he dedicado: el nº 559, Ládano al pie de La Maliciosa, que contiene la destilación y el aroma de sus bosques en resinas y hojas de jara, y el nº 618, Ensoñación geológica en La Maliciosa, que asocia el peso de las piedras de cuarzo blanco encontradas en su cumbre a la ligereza de los vilanos gigantes (montaña volante). Jaime Morera (1854-1927) fue el discípulo más querido de Haes, gran amigo y compañero plenairista. Es el pintor de alta montaña por excelencia, y quien mejor ha reflejado el dramatismo de las cumbres. Buscador del alma de la nieve, a los 36 años se extravió en el mundo blanco del Guadarrama, en una época en que los inviernos eran mucho más duros que hoy. Su libro de memorias En la sierra del Guadarrama, divagaciones sobre recuerdos de unos años de pintura entre nieves da cuenta de ese momento crucial, entre 1890 y 1895, en el que pinta lo mejor de su producción. Morera estuvo recorriendo diversas zonas de la sierra, y pasó por Cercedilla. No encontró allí, sin embargo, su paisaje mental, ni en el Valle de El Paular: lo halló en los Picos de Najarra, los puertos de Canencia y de La Morcuera y los montes del Hueco de San Blas el Viejo, a los que accedía desde su base en Miraflores de la Sierra. Morera fue un gran viajero y conoció muchas bellezas, pero guardó como un tesoro sus vivencias en el Guadarrama, que reflejó en el libro citado, impreso solo al final de su vida. “Horas antes de morir su gran amigo Kaulak le llevó el primer ejemplar encuadernado. Morera ya no hablaba. Tomó el libro, lo contempló un instante y lo abrazó contra su pecho. Era un abrazo paternal. Era el abrazo de la última ilusión de una existencia colmada de ilusiones. También era un abrazo al recuerdo feliz de una etapa gloriosa de su existencia”. Como él, he sentido el abrazo frío de la nieve, uno de los pocos elementos del paisaje que no es posible trasladar, ni siquiera en una muestra pequeña, a los libros. Pero he logrado registrar el silencio que impone sobre el paisaje el agua helada: dibujando con nieve derretida —en el libro nº 700, Nieve a través de alas de libélula— y fotografiando sus casi invisibles sombras —en el nº 989, El tirón de la raíz y nevazo— o las placas de hielo que cubren rocas y caminos —en el nº 960, Venas de hielo en el Puerto de Navacerrada—. El sílice, la parafina, el cristal de yeso, la mica o el cuarzo son materiales con los que la he evocado en las cajas. Los rigores del invierno en la montaña los sufrió más que nadie otro de los discípulos de Haes, José Giménez Fernández, muerto en 1873, a los 27 años, de una pulmonía que cogió pintando por las alturas de El Escorial. Más importante es el legado de uno de sus compañeros en las clases de la Academia de San Fernando, Juan Espina y Capó (1848-1933). Es uno de los artistas menos conocidos del grupo, aunque existen unas “Notas sobre el viaje de mi vida, 1850-1929”: el pintor del Guadarrama por descubrir. Los madrileños pudieron admirar los paisajes que colgaban a la entrada del Círculo de Bellas Artes, por lo que hemos preferido dar a conocer un gran cuadro de una colección particular en el que quedan patentes su ambición pictórica y sus cualidades técnicas. Frente al detallismo de sus magníficos aguafuertes, la pintura es sorprendentemente despojada, dominada por un amplio cielo tormentoso. Este tipo de atmósferas cargadas eran de su predilección, y las retoma tanto en la segunda de las pinturas, un neblinoso valle, y en algunos de sus grabados, como Dia gris. En este ámbito de la gráfica, en la estela de Haes, Espina realiza una gran contribución a la consideración del grabado como medio de creación, más allá de la reproducción, y supo trasladar perfectamente en estas obras el latido entintado de la savia de los pinos. A este artista le debemos además la fundación de la Asociación de Pintores y Escultores, de la que fue presidente (así como la institución de los agregados artísticos en las embajadas de España en países extranjeros). Aureliano de Beruete (1845-1912) es conocido como iniciador del impresionismo en España y como paradigma de la visión del paisaje castellano de la Generación del 98. Pero fue, no hay que olvidarlo, uno de los alumnos de Haes, con el que visitó y descubrió el Guadarrama. De Beruete son célebres sus vistas del perfil de la sierra desde Madrid y sus cercanías, desde las que pinta habitualmente las lejanías de la sierra y los montes del Pardo, como en uno de los cuadros seleccionados en la exposición. En otro de ellos (Museo del Prado), sin embargo, se produce un salto vertiginoso a los altos de la Fuenfría, donde observa con detalle realista los grandes pinos silvestres agarrados a la tierra pedregosa. Uno de esos pinos es el que llamo Pino vigía en el libro nº 948, cuya caja contiene fragmentos del pino silvestre más añoso del Puerto de la Fuenfría sobre una piedra poderosa, la obsidiana, y en cuyas páginas se reproducen imágenes de sus retorcidas ramas, resultado de su exposición a vientos y nieves. El recorrido por el Guadarrama se cierra con Joaquín Sorolla (1863-1923), que viene a morir a Cercedilla y nos ha dejado su jardín serrano, vecino de la cristalería donde me han cortado casi todos los cristales que sellan los libros de la Biblioteca del Bosque, plantado de pinos mediterráneos. Sus últimas miradas, ya sin poder pintar, debieron dirigirse hacia las montañas que rodean el pueblo: Siete Picos y La Maliciosa. Sorolla forma parte de otra tradición pictórica, el luminismo levantino, que él potencia y hace internacional. Fue muy al final de su vida cuando se instaló en el Guadarrama, pero ya antes había observado y transitado la sierra, pues iba a menudo a El Pardo y estuvo un tiempo en La Granja, en 1907, para hacer los retratos de los reyes, allí alojados. Aunque la montaña no fuera un tema principal en su trayectoria, sus paisajes serranos constituyen un hito en la pintura del Guadarrama. Son muy distintos de otras obras suyas, más narrativas y compuestas. En ningún otro lugar se muestra Sorolla más libre y más dramático. Capta perfectamente la energía de la Tormenta sobre Peñalara (Museo Sorolla, Madrid), mostrando cómo las nubes cargadas se agarran a una de las cumbres más interesantes del Guadarrama, la más alta (2.430 metros), tanto desde un punto de vista paisajístico como geológico, ya que allí se formaron bien conocidas lagunas glaciares; una de ellas es el tema del libro nº 424, Eco interior, junto a la Laguna de los Pájaros (Peñalara), con ramas secas de matorral de piorno recogidas junto a esos ojos de la montaña que reflejan cielos sobrevolados por los buitres y que durante el invierno producen la llamada niebla engelante o niebla del hielo. Otras escuelas nacieron en estas montañas. En 1918 la Dirección General de Bellas Artes creó la residencia de pintores de paisaje en el monasterio de El Paular, a iniciativa de Sorolla, que era entonces catedrático de Paisaje en la Academia de San Fernando: Enrique Simonet acampaba con sus alumnos en rincones apartados —durante todo un mes —, siguiendo el ejemplo de Morera, y pasaron grandes dificultades en el monasterio —otro mes—, por la condición ruinosa de éste. La Sociedad Peñalara pensionó a partir de 1928 a artistas durante quince días en sus albergues de la Fuenfría y Navacerrada. Al parecer, también se alojaron pintores en el Chalet Peñalara, uno de los refugios históricos de la sierra, a cuyo vecino bosque de acebos he dedicado un libro, el nº 94, Los acebos del refugio Peñalara, en el que en las hojas de este árbol de bayas venenosas se dibujan como fuegos fatuos las letras que componen el nombre de la cima vecina. Pensé en el refugio como posible sede futura de mi Biblioteca del Bosque; idea que los planes de destinarlo a uso hotelero, en una zona protegida, me han hecho desestimar.
LA SIERRA DEL DRAGÓN
Esta exposición es ante todo un reconocimiento a estas montañas, la Sierra del Guadarrama, a sus calizas cristalinas, a su geología. Parte de la Cordillera Central, es también centro de mi mundo. Las altas alineaciones de Cuerda Larga y de la Mujer Muerta, los Montes Carpetanos y los picos de Peñalara, Cabezas de Hierro, Dos Hermanas, Bola del Mundo, La Maliciosa, El Montón de Trigo, Siete Picos, La Peñota, Abantos y El Yelmo, han constituido mi horizonte. Los bosques antiguos, extensos y oscuros de pino silvestre son siempre diferentes y cada enclave ofrece una perspectiva cambiada del conjunto. Resultado del choque de las placas de la submeseta sur y la submeseta norte, se origina en el Terciario con materiales graníticos anteriores; fue isla y es más vieja que los Pirineos o los Alpes. La riqueza geológica y botánica de la sierra es excepcional. Los estudiosos han localizado multitud de rarezas geobotánicas, como el pino Pudio de la Covacha, que es un Pinus nigra Arnold, por encima del embalse de La Jarosa, hacia Cabeza Lijar; o el Erodium paularense, mata leñosa postrada, única en el mundo. O como los dos cedros blancos (Calocedrus decurrens) procedentes de California que crecen sobre el túnel de la estación de Cercedilla, de donde parte el funicular hacia las cumbres del puerto de Cotos, y de los que he tomado 128 conos para hacer el libro nº 943, Estación Calocedrus. O el exótico y alimenticio sauce que bordea el estanque de piedra del monasterio de El Paular y que probablemente ya vio Sánchez Cotán, quien tal vez comería los galápagos que se criaban allí para suplir la carne en los días de vigilia: esta historia desencadenó el libro nº 983, Salix Galapaguera. O el Quercus petraea, el Roble del Arroyo del Hornillo, también en Rascafría, una subespecie rara, vestigio de los robles antiguos que existieron en la sierra: en la caja del libro nº 988 me he fusionado con él haciendo que mis cabellos crezcan entre las cortezas cubiertas de líquenes de su tronco. Los del Guadarrama son bosques históricos, admirados desde antiguo. Bosques cuyos árboles descubrieron América, pues se dice que Cristobal Colón seleccionó pinos de Valsaín, por su rectitud, para el palo mástil de las carabelas. En época medieval, antes de que se extendiera la denominación actual, de origen árabe (Guadarrama significaría “río de arena”), se conoció la cordillera como Sierra del Dragón, probablemente por su sucesión de picos, pero tal vez también por sus crepúsculos llameantes. Y ninguno como los que acontecieron hacia 1833, tras la famosa erupción del Krakatoa. Sorprendieron a toda Europa las incandescentes puestas del sol rojas que se sucedían día tras día con intensidad nunca vista sin encontrar explicación al fenómeno. José Macpherson, examinando al microscopio el residuo de una nevada en el Guadarrama advirtió elementos muy diferentes de los que componen las rocas de la sierra, entre ellos algunos procedentes de rocas volcánicas. Interpretó acertadamente los espléndidos ocasos por la refracción de la luz a través del polvo volcánico de la erupción del lejano cráter. Los libros que muestro ahora son la crónica de mi exploración artística de la Sierra del Dragón, en busca de manantiales y pinos testigo de mi vida en los bosques. Un reflejo de las montañas y parajes boscosos que han alimentado mi proceso de crecimiento artístico. Son aproximadamente un centenar y están fechados desde el invierno de 1985 a abril de 2006. Parto del mismo origen de la Biblioteca del Bosque, del nº 1, titulado Deshielo, realizado después de una nevada que duró tres días en los que estuve aislado en mi cueva-estudio en el Valle de la Fuenfría. Es la semilla, un libro germinativo a partir del cual va creciendo un caudal de obras. En su caja dispuse, entrecruzadas, unas ramas de pino silvestre del hoy desaparecido campamento de Los Helechos. Es una cruz, una señalización. Añadí dos fichas de damas, una blanca y una negra, encontradas en el mismo campamento: un diagrama de oposiciones solventadas. Y llego al último de los libros que he hecho ex profeso para esta exposición, el nº 992, Pino Cerro Hornillo, finalizado el 7 de abril. Es un tributo a uno de los árboles singulares del paisaje del Guadarrama, situado al pie de La Peñota, en un lugar que he utilizado a menudo como mirador contemplativo del valle. Vi a ese pino en plenitud, verde, creciendo. Hoy está seco, tumbado por un golpe de viento, apoyado sobre las rocas del Cerro Hornillo, pero mantiene su poder y su función de pino centinela, vigilante. He titulado esta introducción “Bajo el pino solitario”, haciendo mención a otro de esos árboles de presencia poderosa, también en La Peñota —la montaña de los tres picos, mi montaña mágica— al que he consagrado un libro, el nº 183 (Ascensión al pino solitario). A la sombra de este pino silvestre, completamente aislado, el único superviviente a los muchos incendios (casi siempre provocados) que arrasaron esa ladera, se produjo mi bautismo forestal, con el agua contenida en un pequeño hueco de su tronco tras una tormenta. El tercer celador, en lo alto del Valle de la Fuenfría, frente al Montón de Trigo, es el Pino Collado Ventoso (libro nº 984), uno de los más antiguos de esta parte de la sierra, junto a otros ubicados en Las Dehesas ya la entrada del chalet Peñalara, tal vez de la misma edad del ya desaparecido Pino de las Tres Cruces, que fue motivo de una serie de libros que funcionan casi como relicarios. Aunque en ocasiones he realizado algunas pequeñas series y es cierto que hay grupos de obras relacionadas por la vinculación a un elemento, una sustancia o un lugar, es más frecuente que trabaje a partir de acontecimientos naturales, de encuentros, de viajes. Por ello, la Biblioteca no tiene otro orden que el de la numeración correlativa de sus ejemplares. Su estructura es similar a la de un diario: una sucesión de reflexiones, de datos, de parcelas de conocimiento y de momentos de implicación personal en los ritmos y los hechos de la naturaleza. La presentación de este centenar de libros relacionados con el Guadarrama exigía una estructura, y he propuesto unas agrupaciones, flexibles, que no cierran los significados, más amplios, de los libros. En primer lugar estarían los que tienen como asunto los componentes básicos del paisaje: la montaña, o configuración geológica de la sierra; el agua —los manantiales, los arroyos, las lagunas—; los árboles —los bosques y ejemplares señeros—; y los menos visibles insectos, que contribuyen a la reanudación de la vida en el bosque y que han colaborado en más de una ocasión en mi obra. El segundo gran grupo lo constituirían los libros que son testigo de la fenomenología del paisaje, que siguen el curso de los días, desde la germinación primaveral a las nieves y los hielos invernales; que recogen los restos del fuego devastador y que vigilan ese otro universo secreto y oscuro de la noche. En tercer lugar, libros que señalan el camino que el hombre dibuja en el interior del bosque: sendas y refugios. Finalmente, los libros de la Biblioteca que revelan las imágenes ocultas del paisaje, las visiones del Guadarrama. Durante más de dos años, he trabajado en esta exposición y, aunque eran muchos los libros ya creados en los años pasados sobre el Guadarrama, he aprovechado la invitación de La Casa Encendida (cuyo nombre procede de un poema de Luis Rosales, escritor que vivió en Cercedilla) para completar algunas exploraciones que tenía pendientes y para visitar de nuevo los lugares que prefirieron los pintores que había elegido. De estas renovadas perspectivas han surgido nuevos libros y un vídeo. He mencionado ya algunos de estos libros recientes, dedicados muchos de ellos a árboles raros, emblemáticos o secretos. De entre ellos, he de recordar finalmente a los tejos, los seres vivos más viejos, junto a los líquenes, del Guadarrama. En el Valle Alto del Lozoya existe un bosque de Tejos milenarios del Barondillo (libro nº 950) y junto al Arroyo de las Guadarramillas, en el Puerto de Cotos, un impresionante ejemplar, escondido y solo, al que he ofrecido el libro nº 979, El libro secreto de Cotos. El vídeo, titulado Ojos del Guadarrama. La búsqueda de los nacientes, obedece a un deseo equiparable de llegar a lo hondo del paisaje, y ha querido paliar de la escasez de información sobre la localización de las fuentes del río que da nombre a la sierra. Muchos dicen saber dónde se origina, pero pocos atinan, y menos aún han subido a los manaderos más altos y escondidos. He filmado, en abril de este año, con el deshielo, todos los nacimientos y veneros de los arroyos que conforman el río Guadarrama. Arroyos que han memorizado mis pensamientos, que brillan como ojos de pájaro y cuyo canto acompaña a las obras en la exposición. El Guadarrama, desde su nacimiento en el Puerto de la Fuenfría y en el Puerto de Navacerrada hasta su confluencia con el río Tajo en el sitio llamado Begonza tiene 127,952 km de longitud, con las cabeceras a unos 1.300 metros de altitud, pero toma su nombre sólo en el punto de unión entre el río de la Venta y el río de las Puentes. Para mostrar esa confluencia totalmente enzarzada, junto al prado de Mataasnos y a unos 200 metros del Puente Verde —entre los términos municipales de Cercedilla y Los Molinos— hubo que abrirse paso con dificultad entre la maleza. Ese “descubrimiento” fue el origen del libro nº 991, Río Guadarrama. Confluencia, terminado el 20 de abril, con páginas impregnadas de limo del río y caja también con limo y cortezas de bardaguera (Salix atrocinera) de sus orillas. Allí sumergimos las cámaras, para captar la turbulencia del agua que ha tallado el paisaje de la sierra, y para ofrecer al espectador de esta exposición un bautismo en las aguas del Guadarrama. |
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