Miguel Ángel Blanco .  Biblioteca del Bosque

NATURALEZAS RECREADAS. MNCN

MUSEO NACIONAL DE CIENCIAS NATURALES, MADRID. Octubre 2019 – junio 2020

exposiciónNaturalezas recreadas. La obra taxidérmica de los hermanos Benedito

Esta exposición temporal es un merecido homenaje, casi una deuda pendiente, con el trabajo de los hermanos Luis y José María Benedito, mostrando su excepcional obra taxidérmica enmarcada en el desarrollo histórico de las ciencias naturales y de la conservación de la naturaleza en España.

La labor de los hermanos Benedito coincide con una etapa clave del Museo Nacional de Ciencias Naturales en la que desarrollaron la parte más valiosa de su obra, y que ahora se presenta de nuevo. Se reúne por primera vez una muestra panorámica de su trabajo, a mitad de camino entre el arte y la ciencia, y en ella se incluyen, además de los animales naturalizados, documentos inéditos, instrumental técnico y obras de arte raramente expuestas. Junto a ellos, obras de otros miembros de esa familia de artistas: su padre, que fue un pionero taxidermista en el siglo XIX e inicios del XX, de sus otros hermanos Manuel, pintor, y Rafael, músico, así como el hijo y el nieto de Luis Benedito, que siguieron la tradición familiar con la taxidermia.

Los animales y grupos naturalizados por los Benedito fueron la indiscutible estrella para el renovado Museo del primer tercio del siglo XX y siguen siendo fuente de inspiración de artistas y científicos cien años después. Con su capacidad para captar con asombrosa veracidad la variedad y la vitalidad de la fauna, sus montajes han formado parte de la educación de varias generaciones de visitantes y continúan hasta el día de hoy en las exposiciones del Museo, que los custodia como uno de sus mejores tesoros.

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El quinto flamenco

Al exponer una selección de libros-caja de la Biblioteca del Bosque en el Museo Nacional de Ciencias Naturales deseo mostrar mi reconocimiento a una institución a la que me siento muy vinculado en lo personal y en lo profesional y que ha sido extremadamente generosa conmigo en los últimos años. Empecé a visitar el museo en 1985 y recuerdo muy bien la impresión que me causaron tantas piezas extraordinarias, aunque con especial intensidad el pequeño gorrión albino, que voló, pasados muchos años, al Museo del Prado, donde lo puse en conexión con Velázquez, en Las Meninas, en una de las intervenciones de mi exposición allí, Historias Naturales (2013).

Pero la primera vez que el MNCN me prestó piezas de su colección fue antes, en 2012, cuando creé, inspirándome en los dioramas de los museos de ciencias, una evocación de las viejas artes adivinatorias. Auguraculum −integrado en el programa de intervenciones artísticas con motivo de la feria ARCO en el escaparate del Corte Inglés de Preciados, una de las calles más transitadas del mundo−, incluía un buitre leonado, un búho real, una corneja negra, una alondra albina, huesos de lobo y bisonte, costillas de jirafa, vértebras de ballena, un cuerno de rinoceronte, la cornamenta de un wapití, desmoches de ciervo y astas de bóvidos. El buitre y la corneja fueron naturalizados por José María Benedito, a cuya familia rendimos ahora homenaje. Los Benedito no hicieron dioramas pero sí vitrinas, en ocasiones de grandes dimensiones, en las que situaban a los animales en actitudes verosímiles y acompañados de abreviadas imitaciones de su entorno. El escaparate se asimila, como dispositivo para la contemplación de una “teatralización”, cerrado por un cristal, a la vitrina y al diorama. El cristal también sella, protege y da a ver las cajas de los libros de mi Biblioteca del Bosque. En esas cajas se reconstruyen igualmente medios naturales, ecosistemas modificados por la mirada artística, y dar el salto del libro al diorama fue algo perfectamente lógico para mí; no supuso más que un cambio de escala.

Los Benedito −esta vez Luis− tuvieron muy especial protagonismo en la mencionada exposición en el Museo del Prado: el toro de Veragua naturalizado por él, que forma parte de las colecciones del MNCN, ocupó la nave central de la pinacoteca, enfrentado al Zeus metamorfoseado en toro blanco que se lleva en volandas a Europa en la famosa pintura de Rubens. Esta magnífica naturalización es una de las primeras en las que Luis Benedito utilizó el procedimiento de la dermoplastia, consistente en modelar en yeso una detallada escultura sobre la que se fijaba la piel. Como se pone de relieve en la actual exposición en el MNCN, una de las razones por las que la producción de los Benedito es extraordinaria es que tiene un componente artístico muy acusado, que yo he puesto en valor al trasladar algunas de sus piezas a los museos de arte.

Historias Naturales fue un alegato para la actualización del antiguo ideal Ilustrado de “unir ciencia y arte bajo el mismo techo”, y una reconstrucción imaginativa del proyecto de Carlos III de creación en el edificio de Juan de Villanueva −que acabó siendo el Museo del Prado− de un Gabinete de Historia Natural a partir de la colección que había adquirido a Pedro Franco Dávila. Muchos de los tesoros de aquel gabinete acabaron en el MNCN, que prestó numerosas piezas para la exposición en el Prado: además del toro de Veragua, cuya conversación con el toro de Rubens fue la imagen más reproducida en medios nacionales y extranjeros, conté con un águila real, un varano acuático jaspeado y un tegú naturalizados, un fanal con aves de paraíso, un diente de narval, esqueletos o cráneos de delfín, de oso hormiguero −también en pintura−, de serpiente, de murciélago, de pichón y de tortuga verde, un espejo de obsidiana, xilópalos, una caja entomológica, una cobra blanquinegra, un sapo y una salamandra en sus viejos botes de cristal, un espejo de obsidiana, un coral rojo, meteoritos y piedras preciosas. Todos en diálogo con pinturas y esculturas de primer orden, en las salas del Prado.

Un año más tarde, en 2014, volví a recurrir al MNCN en mi intervención en el Museo Nacional del Romanticismo, El aura de los ciervos. A partir de un grabado de Fernando Brambilla, Vista del Real Palacio de Riofrío tomada entre el Norte y Levante, con relámpago, que se conserva en su gabinete de grabados, buceé en la colección de ese museo para localizar otras representaciones de los ciervos, que yuxtapuse a un grupo de libros-caja de Biblioteca del Bosque realizados con puntas de cornamenta. El proyecto tenía un aliento visionario que se precipitaba en una instalación que escenifica la liberación del aura de los ciervos. Sobre una de las paredes de la sala, distribuí un conjunto de treinta metopas históricas de triunfos cinegéticos, vacías, que habían servido de soporte no solo a cabezas de ciervo sino también de tigres, antílopes y otras presas de los cazadores, y procedían del MNCN, al igual que las cornamentas amontonadas en una esquina. Una intervención sonora nos hacía escuchar, al acercarnos a esa montonera, el entrechocar de las cuernas y la berrea de los ciervos. Quizá algunas de esa viejas metopas y de esas cuernas pasaron por las manos de los Benedito, que dedicaron buena parte de su tiempo a la naturalización de las víctimas de la caza.

En 2015, de nuevo, pedí en préstamo al MNCN algunas piezas para darles un uso artístico y para ambientar la exposición La ilusión del Lejano Oeste, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, que viajó después al Espai Carmen Thyssen de Sant Feliu de Guíxols y al Museo Carmen Thyssen de Málaga. Pude disponer de cráneos de águila real, castor, oso, muflón, bisonte, lobo, búho, cuervo y picapinos, que dispuse en línea sobre el muro en una instalación que hacía eco a las representaciones de George Catlin o Karl Bodmer de las alineaciones de cráneos humanos y de búfalo en los poblados de los mandan. Los cráneos estaban llenos de poder, conservaban de alguna manera la energía vital, y eran utilizados en vestimentas ceremoniales y en rituales. Son casi incontables los animales que fueron sagrados o simbólicos para las diferentes tribus pero elegí algunos de los también incontables que conserva el MNCN para crear un espacio ceremonial, Los animales del alma. De ellos, el búfalo, tatanka, era el más sagrado, fuente de visiones, poderes y sustento. Por ello, y por la abundancia de obras sobre el Lejano Oeste en el que aparece representado, llevé también al Museo Thyssen una cabeza naturalizada de bisonte y conté con la colaboración de Rafael Márquez, investigador del CSIC, para crear una instalación sonora que evocaba el retumbar del suelo por la aproximación de los búfalos en la pradera.

En este historial de colaboración con el MNCN, que me ha permitido conocer bien sus fondos con ayuda de los conservadores de las diferentes áreas, se ha ido acrecentando mi admiración por los hermanos Benedito, con los que siento que tengo cosas importantes en común. Ya me he referido al parentesco entre las vitrinas y mis libros-caja pero quizá lo que más me atrae de ellos, además de su reconocida capacidad para componer de manera artística y verídica, llena de vida, es que eran hombres de campo. Eso lo compartimos: caminar, observar el medio natural en que habitan los animales que iban a naturalizar, conocer el terreno, explorar… son el fundamento de nuestros respectivos trabajos. También el dibujo, que documenta en su caso y expresa en el mío.

Lo que nos diferencia es que ellos perseguían, en su labor para el MNCN, propósitos científicos y divulgativos mientras que yo practico una biología visionaria. Mi actitud no es la del investigador sino la del chamán. Y así queda patente en los nueve libros-caja de la Biblioteca del Bosque que forman parte del homenaje a los Benedito, algunos de los cuales contienen materiales que proceden del museo.

Cuernipiña (libro-caja nº 688) hace en este contexto eco a uno de los más célebres grupos de Luis Benedito (con participación de José María): el de los rebecos del Cantábrico que el rey Alfonso XIII donó al museo. La doble cornamenta de rebeco de los Picos de Europa con la que he coronado una piña de Pinus pinaster de mi bosque, el del Valle de la Fuenfría, da pie a una hibridación de animal y vegetal que nos introduce en esta historia natural mágica en la que caben especies imposibles.

Otro tipo de cornamenta, la del ciervo, constituyó el eje de una de las exposiciones antes citadas, El aura de los ciervos en el Museo Nacional del Romanticismo. Allí se presentó Soy un ciervo de diez puntas (libro-caja nº 1136). En algunas culturas chamánicas, incluidas las prehistóricas, los sacerdotes portaban tocados con cornamentas cuando alcanzaban el máximo nivel de sabiduría. La madurez y la experiencia del druida céltico se medía también metafóricamente con esa imagen de las astas desarrolladas: La canción de Amergin, primer druida irlandés, citada por Robert Graves en La diosa blanca, comienza con las palabras: “Soy un ciervo de siete puntas”. En esta obra rindo homenaje a esa aspiración a la sabiduría a través de la naturaleza, que está en la base de los museos de historia natural. El proceso de crecimiento interior se refleja en la aparición de las puntas sobre unos líquenes que recogí en un dormidero de ciervos en el Valle de la Fuenfría.

Aunque, que yo sepa, los Benedito no trabajaron con serpientes, he incluido Semillas silensis (libro-caja nº 999) en esta selección para enlazar con la importante colección de anfibios y reptiles del museo, a la que he recurrido en más de un proyecto expositivo. Esta obra traslada una visión del ciprés centenario del claustro de la abadía de Silos, cuyas semillas, que me ofreció el abad Clemente Serna, son guardadas por una venenosa víbora. Tampoco se dedicaron a la entomología o a la ictiología, dos ámbitos de las colecciones del MNCN que confluyen en Imago y otolitos (libro-caja nº 1065). Los otolitos de merluza nos permiten escuchar el aleteo de dos especies de mariposas exóticas, la Reina de Madagascar (Chrysiridia madagascariensis) y el Pavo Real (Papilio bianor).

Su vuelo nos lleva al reino de las aves, que tiene el mayor protagonismo en este conjunto de obras, y a una forma inusual de “arte plumario”, a la vez que celebra una de las áreas de la zoología en las que destacaron los Benedito, y en concreto José María. Búho entre Sierra de Cazorla y Sierra Morena (libro-caja nº 905) hace alusión al camuflaje animal, a la capacidad de las especies para adaptar evolutivamente su aspecto para confundirse con el entorno: las plumas de búho se hacen pétreas, a la vez que lo mineral cobra vida. En relación a los Benedito, coincide en la atención de los ecosistemas españoles, aunque aquí, como es frecuente en mi obra, se fusiones elementos de paisajes diferentes y distantes. En la colección del MNCN se conservan, naturalizados por José María, una familia de búhos. También una pareja de cigüeñas, cuyas plumas alfombran Ojo de cigüeña (libro-caja nº 1079). Se trata de un ojo mágico que nos asoma a las oquedades de los árboles, donde moran las aves y los misterios, y a las oquedades de los cálamos, que facilitan el prodigioso vuelo.

En ese mismo terreno de la magia, o más bien de la brujería, se mueve La pluma parlante (libro-caja nº 117), que transmite el lenguaje cifrado de las aves. Un pico de urraca susurra algo trascendental a una pluma de cóndor de los Andes, que conseguí con mucha dificultad en Cuzco, pues es herramienta de chamanes. Es así debido a que es el animal que vuela más alto, más cerca del sol. La arena del fondo procede de Huasao, una pequeña localidad del Valle Sagrado donde abundan tanto los curanderos que es conocido como “el pueblo de los brujos”, y, como símbolo de regeneración y de conocimiento, un huevo, que también alude a la escenificación de la vida familiar en los grupos de aves de José María Benedito, con particular protagonismo en el magnífico grupo de los abejarucos.

Todas las creencias vinculadas a la naturaleza dan algún lugar de privilegio a las grandes aves. Tras una de sus visiones, Alce Negro tomó el nombre de Ala de águila que se despliega, que es el título del libro-caja nº 1120). Sobre la cabeza, en armas y objetos rituales, las plumas, tienen para los indios norteamericanos un significado; son, ante todo, prueba de valentía pero también representan los rayos solares y pueden hacer referencia al legendario Pájaro del Trueno, Thunderbird. Tomar las plumas de un águila, que debía estar viva, era un ceremonial en sí que exigía la protección frente a su excesivo poder; este quedaba impregnado en las plumas y en los silbatos que se hacían con los fémures. En este libro he dado nueva vida a una hembra de águila real que salió de los almacenes del MNCN y que era la pareja del imponente ejemplar de este museo que enfrenté a la escultura de Carlos V en la rotonda alta  del Prado en Historias Naturales. Aparecen también un ala de faisán dorado −que posiblemente perteneció a Carlos III y que procede también del museo− con la que recordamos a los mandan, tribu que se llamaba a sí misma el Pueblo de los Faisanes.

Finalmente, para conmemorar mi participación en la exposición he realizado, ex profeso, El quinto flamenco (libro-caja nº 1192), que está vinculado al grupo de cuatro flamencos de José María Benedito que en su día se desmontó y que se ha vuelto a reunir para la exposición. Está realizado con plumas y alas de un flamenco que estaba en el laboratorio de taxidermia de los Benedito. Se sabe que ellos hacían pruebas con algún ejemplar menos valioso de la misma especie antes de ejecutar una naturalización, individual o de grupo, para ensayar actitudes o comprobar aspectos técnicos. El quinto flamenco emprende un último vuelo místico, en metamorfosis gemológica (el MNCN tiene también colección de gemas): le he dado una marisma de mica y de calcantita, y un corazón de cianita azul que latirá eternamente.